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    30 de octubre de 2014

El nuevo curso

Septiembre, más que enero, es momento de pretender poner en marcha los propósitos de siempre: dejar de fumar, organizarse mejor, trabajar y disfrutar más... Pero como ve la compañera Montse Fernández Crespo, al final todo pasa y nos encontramos en la vejez, tras una sucesión de deseos caducados, rendidos ante la soledad que con ellos hemos procurado evitar.

Una estaría, pues, por rendirse en este mismo momento, por comenzar el nuevo curso sin desear nada. Nada que hacer, ningún sitio a dónde ir, nada que añadir, así es en verdad todo momento presente, y desde luego este de septiembre. Lástima que todo nuestro aprendizaje nos haya traído a necesitar, actuar, ir y añadir, mirando siempre un mejor momento futuro, y hasta el rendirse sea también un deseo.

El esfuerzo, la autoexigencia, el ansia de mejora son las características que siempre se nos han presentado como síntomas del hombre excelente; y qué difícil rebatir esto hoy, cuando se critica tanto la satisfacción de los jóvenes en resuelta ignorancia, vaguería y deriva. La trampa está en que ese noble instinto de superación se ha enfocado hacia lo externo: en un mejor trabajo, un mayor saber, una mejor pareja, una mejor casa o incluso en una mayor espiritualidad. Y por ahí, el anhelo no tiene fin ni por ello buen fin, como dice la mencionada compañera. Y así, bien se puede ver que tanto da la deriva de esa juventud que a nada aspira como la del que no para de aspirar.

De ahí que la cuestión pueda estar en rendirse respecto de los logros externos y en llevar los esfuerzos a abrazar la soledad que nos constituye, aceptándonos como somos en este mismo momento. Pues, desde el ajuste con nuestro solo centro, los proyectos y compañías no serían por necesidad sino por compartir; como, desde el desapego, el esfuerzo contracorriente se sustituiría por la capacidad de juego del que nada tiene que perder. Que haya suerte para el nuevo curso.
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