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    30 de julio de 2014

BESO DE MUSEO Y REGALO

Se exhibe en la National Gallery una exposición llamada “Love”, con cuadros que han expresado el amor, desde el siglo XVI hasta hoy. Entre ellos está El beso de Gustav Klimt. Ella está tumbada de lado, haciéndose un poco la dormida, dejándose abrazar la mar de a gusto por un hombre que la besa con ganas en una mejilla.

No había reparado en este cuadro hasta que un viernes del mes de mayo, me cuenta una buena amiga, tomando un aperitivo después de visitar a Jesús de Medinaceli, que el día anterior le había traído un amado de Viena un pañuelo con el beso de Klimt.

Se habían visto 4 o 5 veces en dos meses, y habían hablado mucho e ido al cine. Pero educados más en dar que en recibir, mi amiga no supo casi qué decir ante el intruso-cuerpo extraño que se le apareció de regalo como tampoco mirar al amado. Después de una caña y un vino acordamos que aceptábamos el pañuelo así como al amado mismo y nos fuimos a mi terraza a hacer en el cielo el ejercicio que recomienda Louise Hay hacer todas las mañanas en la cama y cuando se pueda delante del océano: abrir los brazos y decir “acepto cuanto bueno hay para mí”. Ahí está el océano y hay para todos.

Esa noche se volvieron a ver y les acompañó el pañuelo. El lunes él ingresó por su pie en el hospital, con lo que volvimos a Jesús de Medinaceli a pedir “muchas horas para disfrutar juntos” como él dijo que hiciéramos; y le compramos algún libro, que nos agradeció en la luna llena de junio, y que le enviamos por foto a su habitación. El último día que tuvo conocimiento dijo “es el fin”, y ella supo decirle la verdad: “nos vemos pronto”. No se dio el beso apretado que hay en el pañuelo pero sí el reconocimiento incondicional que afirmó a mi amiga en un momento incierto; y cuyo beneficioso efecto sigue hoy abriendo la vida con la fuerza del beso de Klimt.
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