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    23 de noviembre de 2014

Concha Espina

Quizás con la excepción de María Zambrano – y ésta fue sin duda más filósofa, y grandísima filósofa, que literata - desde que desapareciese la excelsa figura de Concha Espina no ha vuelto a levantarse en España una escritora tan importante como la escritora montañesa. Y, sin embargo, las nuevas generaciones apenas conocen sus estupendas prosa y novelería, a las que yo veo humildemente con el nivel de un Eça de Queiroz, cuyo amable y humanísimo escepticismo es lo único que lo separa de la católica escritora que empezó a escribir para ganarse la vida en el Valparaíso de Chile, estremecido por un brutal terremoto. Es natural también que las feministas de hoy no puedan leer a Concha Espina. Una mujer que desgraciada con su marido, separada finalmente de él, siempre le fue fiel, y que en sus obras canta siempre la moralidad no gazmoña ni farisaica. Además, la autora de La Niña de Luzmela iba todos los días a misa y rezaba el rosario con sus queridísimos hijos, Víctor, Luis, Josefina – mientras Ramón parecía circundar el Globo, anheloso de lenguas extranjeras y hambriento de horizontes – mientras el pequeñín José protegía a esta familia desde el Cielo. Y, sobre todo, muy pocas escritoras – y escritores - hoy podrían llegar a la soberbia prosa de su magnífico castellano, merecedora del Premio Fastenrath en la época en que este premio aún tenía prestigio, y que era el único que concedía la Academia de la Lengua. Fue la primera vez que lo ganaba una mujer, y lo logró con La esfinge maragata, que irrumpió como un vendaval en las librerías de España y América y se clavó como hito en la vida literaria española. De la prosa espiniana Marañón decía que “hace un bien casi físico al lector”. Sí, decididamente Concha Espina ha dejado demasiado alto el listón para las escritoras y escritores de hoy. Por muchos motivos. Por demasiados motivos. ¿Qué escritor español de hoy tendría talento para escribir La rosa de los vientos, aún modernizándose el lenguaje y los personajes? Yo no veo a ninguno capaz. Ni de lejos. Los que conservamos sus obras de la Editorial “Renacimiento” nos parece que tenemos una reserva de lo que es el buen castellano, la belleza de la imaginación, el humanismo cristiano y el buen gusto. Cuatro cosas que efectivamente ya no se venden. Pero esto es una Mirada Escolástica en un periódico de Anson con la cabecera y estandarte de Ortega. Y no quiere ser otra cosa. Gerardo Diego diría de su sintaxis que “estaba ordenada en un número solemne y pausado, en un ritmo rico y severo de “adagio” mozartiano”. Y el gran poeta Gerardo era un excelente pianista, sobre todo cuando subía a su casa las alumnas del Instituto…

Por otro lado, a pesar de su radicalidad cristiana – y precisamente por ella – Concha Espina fue pionera, como mujer, en muchos ámbitos, manteniéndose siempre en la vanguardia. Fue la primera mujer española que voló en aeroplano acompañada del gran piloto Juanito Pombo, en el verano de 1916. Defendió con denuedo y compromiso no exento de riesgo ( en los Tribunales ) a Galdós frente al fariseísmo bien pensante ( que España lo padece de los dos bandos ). Encabezó y organizó un frente de intelectuales, entre los que se encontraban su gran amigo Ramón y Cajal, Armando Palacio Valdés y Jacinto Benavente, para solicitar del Rey, en la época del Directorio presidido por Miguel Primo de Rivera, el indulto de un reo de muerte, Juan Acher, llamado “El Poeta”. La carta que escribió a Alfonso XIII aún hoy nos estremece. En ella la autora habla de una sociedad hipócrita que sólo reconoce la caída del hombre, pero que es criminalmente indiferente a la pobreza terrible y el dolor continuo. También el Borbón se estremeció, y firmó el indulto. Esa solidaridad sagrada de la escritora con el hombre abatido la vemos también en sus propias novelas, como es el caso de El metal de los muertos, del que en New York Herald se llegó a escribir “Es la mejor novela escrita por un europeo en esta década”. Para la autora de El Cáliz rojo el verdadero metal de los muertos es el oro, que hace frío y duro el corazón del hombre.

La salvación de la vida de Juan Acher, “El Poeta”, produjo una ola de entusiasmo del pueblo español hacia Concha Espina, de suerte que el propio Alfonso XIII solicitó que se levantase una estatua en Santander, la patria de la infancia de Concha, en honor de la escritora. Poco tiempo tardó Victorio Macho en hacer una obra logradísima, investida de elegancia y serenidad, entre fuentes y un jardín en el Muelle de Santander. Posteriormente el Rey le impuso la Banda de Damas Nobles de la Reina María Luisa, que hasta entonces sólo se la había impuesto a su madre y a la reina.

De sobra se lo merecía la autora de Ronda de galanes, libro que uno conserva como un tesoro en su edición de la Editorial Juventud Argentina, por llevar una preciosa dedicatoria a mi padre, haciendo votos por su felicidad.
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