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    30 de julio de 2014

El protocolo

Me piden que lea un manuscrito sobre protocolo urgiéndome con que se tiene que entregar en una semana. Aparte de lo ingrata que suele resultar la prisa, puede que el propio protocolo llegue también a destiempo. Mucho ha costado empezar a resquebrajar la dura imagen para volver, ahora, a reforzarla. Porque se comprende que todo lo que venga
siendo normas no deja de quedarse en la superficie.


Efectivamente, esto del protocolo es asunto en pleno apogeo, del que se ocupan innumerables libros y hasta universidades. Y cosa ciertamente importante es relacionarse gratamente con los demás, pero no parece que ello dependa de unas reglas de urbanidad. Pudiera ser más interesante comprender que ceder el asiento a la persona mayor no es asunto de deber sino impulso propio de nuestra necesidad natural de ayudar, y así se vería más la solución en despertar la naturaleza que en seguir enterrándola con normas, que al final tienen el don de hacer odioso lo bondadoso.


La naturalidad propicia más las buenas relaciones que la vajilla; y así decía Ortega, que si bien sin vaso no podemos beber bien, no vacilaremos en preferir un buen hontanar a un buen vaso. La atención excesiva a la legalidad, o la preocupación exclusiva por la forma, nos puede dejar "en las manos un vaso casi perfecto, pero casi perfectamente seco" y vernos, con todo el protocolo, haciendo las cuentas a las invitaciones. Claro es que las normas son útiles logros de siglos, pero por eso mismo conviene recordar el hontanar de donde manan. Procuremos antes el respeto que el protocolo, que ya éste se dará natural, por añadidura. Si tiene alguna norma el respeto es precisamente la de no imponer normas.
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