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    1 de noviembre de 2014

Atar y volar

Me cuentan con gracia mis compañeros en el desayuno un chiste conocido: “¿Por qué las mujeres se quedan a ver el final de las películas porno? Pues para ver si los protagonistas después de todo se casan”. Y me cuenta con pena una amiga en la comida que su novio siempre tiene algo que hacer y que se ven menos de lo que podrían. En suma, la mujer atando y el hombre volando, he ahí el patrón.

Patrón que deriva en un juego. La mujer que tiene más recados y cosas que hacer que el hombre, se muestra disponible, pues su papel es querer más. Y el hombre que bien sabe eludir obligaciones se lía en mil asuntos, pues su papel es no querer. El papel de una y otro parten a su vez de la baja autoestima con que se nos ha educado. De modo que la valía de ella depende de las atenciones que reciba del hombre, y la valía de él de lo que sufran por él. Y así pasa la vida sin llevarse ninguno nada en el bolsillo, que es por lo que le preguntaba el práctico Ortega a su discípulo Paulino Garagorri al salir de una conferencia: “Bueno, ¿pero usted qué se ha metido en el bolsillo?”

Y a Ortega precisamente cité, y mi amiga lo repetía en voz alta para ver si lo entendía o le entraba en la cabeza: que “lo superior es menos eficaz, menos firme, menos vigoroso e impositivo que lo inferior”, es decir, que “lo que vale más es lo que está siempre en mayor peligro”. “Apetecer” apetece una copa, dar una vuelta, pero ya nadar apetece menos, requiere un esfuerzo, aunque la satisfacción que dé sea superior. Y lo mismo pasa con la vida de pareja, no es cosa de apetencia sino de convicción y por tanto de opción; cuando uno cae en la cuenta de que su libertad está en estar en familia se esfuerza con constancia en superar perezas. Pero a falta de convicción está la creencia del juego de perseguir y ser perseguido, y al final no se sabe qué esfuerzo es mayor pero sí que no hay nada en el bolsillo.
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