cabecera
    22 de julio de 2014

El yo salvaje

Ayer me contaba un amigo, que había estado clínicamente muerto, que no vio túnel ni luz, pero que sí se vio desde el techo perfectamente tapado con su hijo al lado, y que la sensación clara que tuvo fue verlo todo fácil y sencillo; pero que ya pasado, pasó la sensación y volvió a la oscuridad normal de las complicaciones y dificultades.


Y tengo otro amigo que se suele congratular de su yo salvaje, por saltarse algunas normas, con cierto valor pero razonablemente, para atender lo que verdaderamente quiere. Este yo, con ser salvaje por transgresor de límites establecidos, en verdad es el adulto conciliador entre los dos extremos en que nos solemos debatir: el padre tirano, o “depredador de la psique”, que no nos consiente nada y el niño caprichoso que, asfixiado, por salirse al menos una vez con la suya, se mete de cabeza en un lío.


Este sereno adulto que vive su vida con bien gracias a traspasar unos cuantos muros es el que oye su corazón. Y ahí el problema: que no es tan fácil oírse porque el depredador no para de hablar, y cuanto más cerca estamos de actuar más nos desanima. Marta Ligioiz, autora de un sencillo y bonito libro, me recomendó el otro día que, para sentirse, viene bien pensar en qué se haría si se fuera completamente libre, entendiendo por libre nada más que no tener comeduras de coco, y que lo que se pensara por disparatado que pareciera es lo que habría que hacer. Y me propuso que pasara 24 horas como si fuera completamente libre. “Hazlo y me llamas”. De momento no la he llamado, pero con parecer imposible y, con disculpa, utópico, lo mismo es bastante fácil y sencillo, como se ve con claridad cuando estamos al otro lado. Después de todo, los temidos policías, cuando se enfrentan, como vio Natalie Portman en V de Vendetta, son de cartón.

Compartir en Meneame