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    2 de octubre de 2014

Las invitaciones

Decía Ortega que la alta sociedad es ese grupo que vive de invitar y ser invitado. Hoy, ya cualquiera se propone la tarea de las invitaciones, y así una prima mía lamenta que no se las devuelvan con tanta precisión como en el extranjero. Efectivamente, parece que los españoles tendemos más a quedar en la calle que en las casas. Pero también vamos entendiendo que se trata de que cada uno haga lo que le apetezca y que luego, como por efecto onda, llegan las respuestas de mil formas y lugares distintos.

De ahí la frase de Montaigne explicando por qué le gustaba tanto su amigo La Boétie: “porque él es él y yo soy yo”. Frase que recoge un coquetuelo libro editado con primor por Siruela que me acaba de regalar mi amiga Isabel, titulado “Manual de supervivencia en cenas urbanas”, y prologado por el premio Nobel de Filosofía de 1987. Ahí encontramos a la filosofía hoy, haciéndose la simpática con facilones prejuicios, todavía del idealismo, con la osada pretensión de que los demás los repitamos en las cenas. Para que nos apliquemos, se advierte en la solapa que “sólo una conversación interesante, y si es posible culta, tiene el poder de transformar un banquete en una ocasión inolvidable [...] De ahí la importancia de este pequeño manual burlón y lúdico, cuyo propósito es nada más y nada menos que ayudarnos a brillar en torno a una mesa”.

El caso es que ya estábamos más silvestres que urbanos -incluida la misma Issy, que también regala bonitos ramos tan silvestres como que surgen de su paso por la carretera-, saltándonos las invitaciones entre casas abiertas, y que con lo interesante contábamos, “porque él es él y yo soy yo”.
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