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    1 de septiembre de 2014

Carmelo

El otro día coincidió una amiga mía en no sé qué estreno con Carmelo Gómez. “Me gustó, sentado, muy hombre y muy solo, no pude mirarle”. Cómo gusta este hombre muy hombre y muy solo, en el ágape de turno.

Le dije que posiblemente a él le hubiera encantado conocerla, lo que ella a salvo en su hogar aceptó tranquilamente. ¿Y entonces? Un amigo espabilado dice que buena parte de nuestros males viene de creernos la frasecita de Aristóteles de que el hombre tiende a la felicidad, y con esa tranquilidad la rehuimos cada día. Un día y otro el chiste del que se ahoga esperando a que Dios le salve: Pasa una barca, “sube hermano” --“no, no, que va a venir Dios a buscarme”, y un barco, y un helicóptero... Casi ahogado: “Bueno, Dios, ¿a qué estás esperando?” --Pero hijo, ¿qué más quieres que te mande?

“Hágase tu voluntad” repetimos mecánicamente, pero a la hora de la verdad, en el momento concreto, que se haga la mía; y hoy no miramos, no contestamos, cruzamos de acera. Va a venir Dios, pero otro día, no ahora. Llegado este punto, a una le gustaría parecerse a la perrita Perla, sencilla, natural: honesta. Se ve a perro Carmelo, grande, interesante, solo, pues nos acercamos, nos olemos, y nos vamos al campo. Pero no somos perros, o sí, sólo que apaleados.

No sé cómo pero ayudaría recuperar cierto espíritu jovial y deportivo, y también ponerse de vez en cuando en el lugar del otro. Entre tanto, el uno no sospecha que gusta a una que no le mira, ni a la una se le ocurre que al uno le hubiera gustado conocerla.
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