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    21 de octubre de 2014

Los reyes magos

Bueno, pues sólo nos queda el día de reyes. Cada año hay que empeñarse un poco más en seguir manteniendo esta fiesta, pues ya son muchos los papás que prefieren que a su casa vaya Papá Noel, para que los niños disfruten los regalos toda la navidad. Claro que a costa de quedarse sin el ilusionante horizonte del día de reyes y de perder con más facilidad la fe en los reyes, como de paso en el mismo Papá Noel. Por eso, es ya casi una fiesta para los más pequeñitos que apenas saben que es navidad.

Mi hija pequeña tiene 12 y yo diría que todavía cree en los reyes; la de 15 por supuesto no, ya hace mucho me decía: “en casa de Laurita son los padres”, a lo que yo le contestaba: “en casa de Laurita no lo sé, pero desde luego a casa vienen los reyes”. Y cada año, supongo que precisamente por saber que los reyes no son magos le resultará más increíble ver lo magos que son. Yo misma me sorprendo. La magia empieza por la tarde temprano al ver a su padre, habitualmente reacio a levantarse del sofá, dirigirse a la Cibeles ligero como el viento con sendas escaleras en cada mano.

Tras la cabalgata, pero con las escaleras de vuelta, se compra roscón y se hace reunión. Con emoción se ponen los zapatos, copa y turrón para los reyes y hasta agua para los camellos. Se espera hasta más de las 3 a que los angelitos duerman; y se va el rey, sin más magia ni pajes que con su cuerpo ya menguado, a la oficina, a envolver lo que falte, embarcar los regalos en el coche, incluidos los que no caben por la puerta, para desembarcar finalmente en el hogar. Y a eso de las 6, cuando ya se va a llamar a la policía, asoma sin asomo de corona la cabecita del rey por la escalera: “una locura, Isabel, una locura”. La magia es así.
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