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    31 de octubre de 2014

My blueberry nights

Leí el otro día un cuento que me dio mi amigo Julio sobre cuatro hombres que creen estar atrapados en el desierto, cuando en verdad están en un arenero de un campo de golf, a pocos metros de un precioso club. Los hombres son liberados por un ángel pero ninguno se anima a moverse y por tanto nunca llegan a saber dónde están.

Dar nuevos pasos es cosa que asusta y por eso a veces no se dan o se dan pero con el tiempo, y así para ir de Pozuelo al Molino de la Hoz se puede pasar hasta por Croacia. Además, no es todo llegar al campo de golf, hay que saber disfrutar en él, y con las creencias del limitado desierto no siempre es posible. Por eso, a veces, al atisbar un nuevo camino, se aleja uno por un tiempo; bien por la impresión, o bien por no repetir la estrecha vida del desierto en el campo de golf.

Así, la protagonista de “My blueberry nights” hace un parón en su vida para volver a retomarla un año después en el mismo punto que la dejó. Y una noche, para ir al bar neoyorkino al que va a diario, “cruza por la calle más ancha” y se va a Memphis, porque sabía que por el camino más corto iría “la mujer de siempre” y no “la que ya quería ser”. Cada cual tiene sus patrones de conducta que, cuando se conocen y se está al tanto de que impiden coger la vida de manera distinta, no queda otra que atenderlos, que verlos millares de veces y despedirlos otros tantos millares hasta que poco a poco van desistiendo y comprendiendo que ya no tienen lugar. Es el tiempo del ermitaño, de encuentro con uno, de asimilar, repararse y prepararse para otra etapa; intenso, pero en el retiro.

No es llegar, ni llegar antes ni más rápido; es poder estar.
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