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Las elecciones del PSOE: ¿ciudadanía frente a identidad?

Hay muchas formas de evaluar las elecciones en Galicia y el País Vasco del pasado Domingo 1 de Marzo. Depende del punto de vista –que no es lo mismo que ser partidista. El único partido que me interesa –y desde el cual intento siempre argumentar en esta columna porque creo servir mejor a los lectores de este periódico- es el del sistema democrático. Partido, nos enseñaba Lord Acton –que estaba en minoría, como católico liberal en un país protestante- “viene de parte, debe ser, pues, que hay otra parte”. En esa inteligencia -elemental para fundamentar una democracia equilibrada, esto es, basada en la noción de alternancia, en lugar de la ambición hegemónica- y en un país como España, con una larga, sólida y arraigada tradición bipartidista, ambos partidos son esenciales.

Argumentemos hoy desde una perspectiva socialista, aunque sólo fuera por el hecho de que las últimas elecciones nos ofrecen un laboratorio con un experimento casi irrepetible: el mismo Partido Socialista ha concurrido en las dos elecciones con resultados opuestos. En Galicia ha sufrido una derrota contundente, mientras que en el País Vasco ha obtenido un éxito espectacular. ¿Dónde está la diferencia? Existen, naturalmente, razones diversas que pueden contribuir a la explicación. Sin embargo, hay una variable general, una tendencia electoral, presente en ambos escenarios: el significativo descenso del voto nacionalista. Evidentemente, lo más importante de esta elección es el techo que los electores han puesto al nacionalismo, rechazando el soberanismo (del plan Ibarreche). Pero lo revelador, a efectos de este razonamiento, es el hecho de que el descenso nacionalista ha afectado al PSOE de forma inversa. Así, mientras en Euskadi ha catapultado su voto, en Galicia lo ha erosionado. Por más que sea de Perogrullo, la constatación del dispar resultado invita a la pedagogía: los socialistas han ganado –y mucho- donde han ido solos y en oposición a los nacionalistas; y han perdido, donde han acudido en coalición con estos últimos.

Los hechos son inapelables. Tenía razón, pues, el Profesor Savater cuando afirmó, ante denuestos y descalificaciones, que estaba cerca de confirmarse una tendencia – verificable desde la segunda mitad de los años noventa- que llevaría a una mayoría de voto constitucionalista en el País Vasco. También estaba en lo cierto Nicolás Redondo: se podía ganar, aunque la paradoja sea que la victoria la haya logrado su contrincante dentro del PSE. Y –por las mismas razones pero a la inversa- se podía perder. Los nacionalistas, que ya fueron un lastre para el Partido Socialista en Cataluña, le han llevado al desastre en Galicia. Una vez más, la realidad deja su tarjeta de visita a la puerta de quienes vienen forzando la naturaleza de las cosas para ahormarlas al vaivén tacticista: la fórmula Zapatero-Blanco de establecer una alianza estratégica socio-nacionalista está empezando a hacer aguas. Primero, adulterando el corpus ideológico del Partido con fluidos exóticos y aún opuestos a la naturaleza filosófica de un movimiento de izquierdas. Porque las tensiones dentro de ese matrimonio morganático que ha presidido la Xunta, son el síntoma de unas capitulaciones imposibles: mal pueden los socialistas hacer camino con quienes confunden el derecho a la diferencia con la diferencia de derechos y les piden traficar ciudadanos por territorios. A la postre, la realidad de una unión contra natura termina por presentar una factura electoral inabordable para la izquierda. Un balance triste pero predecible: los historiadores sabemos -desde el Imperio Austro-Húngaro, antes de la Gran Guerra, y en la República de Weimar, entreguerras- que la izquierda que yace amancebada con nacionalistas termina despertándose con la sangre electoral vampirizada. Aquí y hoy, la suerte de Izquierda Unida en Euskadi, llevada a la debacle por un patético Madrazo, en el triste papel de lacayo del nacionalismo, confirma la tesis.

Desde el punto de vista del sistema, la esperanza está en que los socialistas echen cuentas y, extrayendo enseñanzas de una alianza que les está secando la savia electoral, rectifiquen un rumbo político desnortado. La fórmula socio-nacionalista, que obtuvo sus dividendos para el partido del gobierno en la pasada legislatura marginando al PP del sistema, ahora, comienza a presentar un saldo deficitario, dando argumentos para que los socialistas descontentos con la deriva nacionalista del partido –que son silenciosa legión- presenten objeciones y alternativas.

En todo caso, los complejos resultados electorales del País Vasco convierten en improrrogable la decisión sobre el rumbo político del PSOE. La victoria del conjunto de las listas constitucionalistas hacen posible, por vez primera en treinta años, un gobierno socialista, pero no nacionalista, apoyado necesariamente por los votos del PP (y de Unión Progreso y Democracia): ese modelo navarro invertido, enfurecería a los partidos nacionalistas, en general, y al PNV, en particular –que, en verso, se siente el cuerpo místico de la nación vasca y, en prosa, el dueño de la finca-. Las amenazas ya se han proferido y no es imposible que la situación parlamentaria del gobierno Zapatero se tornara más incómoda. Sin embargo, la alternativa tendría difícil digestión para los socialistas vascos y para la opinión constitucionalista, dentro y fuera del País Vasco. En este punto, debemos hacer un esfuerzo de imaginación y situarnos en el lugar y contexto histórico: para socialistas, populares y gentes modestamente independientes que han sufrido durante décadas la tiranía de la pistola y vivido amenazados y escoltados; para quienes han padecido el miedo y la mordaza, la soberbia y la opresión del mundo nacionalista, renunciar a la posibilidad de un cambio de gobierno que, simplemente, traiga libertad, resulta inimaginable y, cualquier componenda que propicie la continuación del aldeanismo autoritario nacionalista, execrable.

Pachi López tiene la palabra. Y, si le tiembla el pulso, que relea a otro vasco y socialista ilustre y piense que, en efecto, un partido “no es una religión” y que, el PSOE, tampoco es el Colegio Cardenalicio: a don Indalecio Prieto le persiguió siempre el remordimiento de no haber aceptado el gobierno de ley y orden que le ofreció Azaña en mayo de 1936.
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