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    31 de agosto de 2014

Jesús de Medinaceli

Antesdeayer, primer viernes de marzo, fue el gran día de visitas para Jesús de Medinaceli, que es un Cristo madrileño que inspira mucha devoción y reúne cada viernes bastante personal, especialmente los primeros de mes; y con autobuses, vallas, y fuerzas vivas el primero de marzo. No sé por qué esta preferencia por los primeros viernes ni por marzo, pero es así.

Yo lo descubrí hace unos años gracias a un sin par artículo de Umbral titulado “Cristo refrigerado”, donde temía que la iglesia fuera a perder sus olores cerrados por culpa del aire acondicionado. Y me enteré donde estaba, y allí fui; y en efecto encontré una iglesia moderna modernizándose, llena de andamios y plásticos. Y se me puso a hablar una hermana vecindona, que diría Umbral, lamentándose casualmente igual que él de las obras. Le di la razón y le regalé el artículo, que lo llevaba en el bolso. Se podría desde luego querer una iglesia, para este Jesús tan popular, con tantas que hay en España, más coquetuela; pero una, cada vez menos romántica, está por coger la realidad como es, y hasta por real me parece ideal.

Así es que es lo de menos la iglesia. Lo de más, a mi parecer, es que, como toda iglesia, tiene una puerta abierta, y que puedes entrar y sentarte, y hablar, y hasta quizá oír, a ese Jesús que siempre está ahí, para recibirnos, cada vez que vamos. Y le vamos llevando familia, compañeros, amigos, amores... Y ya podemos ver nuestra vida a través de esas visitas, unas más alegres, otras menos; unas más dispersos, otras más centrados; unas más pidones, otras más agradecidos: unas acompañados y otras solos. Ahí está impertérrito pese a nuestros avatares. ¿No será un reflejo entre muchos de la puerta que tenemos todos en nuestro corazón, siempre ahí paciente esperando a que la abramos y nos aquietemos en nuestro verdadero ser?

Y en paz se puede uno volver a casa por el paseo del Prado, agradeciendo esta bonita ciudad, lo perfecto que es todo, la gente que nos acompaña, en coche y a pie, porque no se querría pasear por una ciudad desierta... Y que bendecido, por la luna en la Puerta de Alcalá y el sol en la Puerta del Sol, tras pasar Colón, se dé el milagro.
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