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    20 de septiembre de 2014

Tapersex

De adolescente se piensa en lo bien que se lo va a pasar uno con el sexo cuando sea mayor; pero, luego, la cosa no va mucho más allá de lo que da de sí un noviazgo formal, que más que nada suele llevar a caerse con todo el equipo de las bendiciones para toda la vida y, por consiguiente, a quitársele a uno las ganas.

Y, con setenta, nos vemos las caras de resignación cristiana en el metro, en el mercado y en la cola de Jesús de Medinaceli; y ya no sabemos quién es más él o ella, si ella o él. Los dos para los recados, los dos aconsejándose qué pantalones les sientan mejor: los dos en ese acuerdo santo de aguantarse con la estafa, y de cumplir como Dios manda con esa vida fosilizada, que decía don José.

También puede pasar que en una de las crisis de los 40 o de los 50 se apee uno del contrato y se vea de repente en el apa descolocado, con el consuelo de que más vale solo que mal acompañado, sin sospechar que del mismo modo se podría pensar que más vale bien acompañado que solo.

Y se queda solo. Y con los años todo se nos hace muy complicado y nos vamos haciendo muy complicados; y, entonces, se piensa que el sexo es para los jóvenes, o para las películas. Y ya de retirada, tras operación de cáncer, viene el médico, parecería que con retintín de no ser por la bondad que le suponemos a la ciencia, a prescribir sexo para evitar la atrofia de los órganos; y así me llega, a través de amiga común, convocatoria de reunión tapersex en casa de la que está de feliz recuperación. Y como mayor reclamo se me anticipan las virtudes de las bolas chinas para evitar la incontinencia. Menos dará una piedra, y, desde luego, menos prometían los pañales que anunciaba Concha Velasco.
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