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    23 de agosto de 2014

Lo prescindible

Viendo algunos rebuscados modelitos de las nuevas colecciones me da por añorar el minimalismo, y la verdad es que, desde los noventa, se me va pasando sin entusiasmo una temporada tras otra. Si dice Zubiri que la filosofía consiste en ir a lo transparente, esto es, en dar con aquello esencial que está en cada realidad pero que por obvio suele ser obviado, pues a fuerza de transparente no se ve; y Ortega llamaba así muchas veces a sus ideas 'perogrulladas'; el minimalismo parecía atender a la primera perogrullada de la moda: "lo importante es la persona, no el vestido".

El minimalismo aspira a evidenciar sin afectar ni distorsionar, del mismo modo que el cristal además de constituir lo visto "deja ver y hace ver lo que está del otro lado". Opta, así, por lo limpio, por lo simple pero certero, y, al fin, por el natural encuentro con uno mismo. O, por el otro camino, por desentenderse de adornos y camuflajes que impiden la claridad -la verdad-, ver. El camino minimalista es más bien de renuncia, pero por ello sus hallazgos, al apartarse de lo consabido de cada momento, son los ciertamente rompedores y vanguardistas, y los que, por conllevar a una evidencia y misterio, se reconocen y deslumbran.


Detrás de toda buena colección hay un fondo minimalista, que es lo que se llama "lo clásico", lo que no pasa de moda, precisamente porque no es tan sólo moda. Es moda porque es creación de tal momento, pero es arte en tanto, con palabras de Umbral, "hace ver las cosas a través de otra". Lo clásico es lo obvio, por eso etéreo -transparente-, se escapa. Para aprehenderlo hay una y otra vez que retener la atención, para no dispersarse en todo lo fácil, vistoso -opaco- y resultón que clama por todos lados, pero que es lo prescindible.

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