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    23 de octubre de 2014

Nos quieren los franceses

Los franceses nos quieren y nos alegra saberlo. Nos lo ha comunicado esta semana su presidente, y se supone que con conocimiento. Pensamos, ahora, que teníamos, sin fundamento, la sensación de que hasta el camarero supiera de la cabra y la banqueta que nos habíamos dejado en la madre patria para andar más sueltos por su capital. Como también las infundadas sospechas de que no acabaran de distinguir al exiliado del terrorista; de que no se percataran de que parte de sus vecinos pasan miedo al votar y al comprar el pan; ni de que estuvieran al tanto de que el detenido, aquí, al llegar a declarar a comisaría, lo primero que hace es pedir un pitillo al comisario y que, de llegar a prisión, sólo le falta poder elegir decorador para que le diseñe un espacio abierto, como reclamaba Goldie Hawn en “Todos dicen I love you”.

Y menciono lo del pan porque es asunto delicado para nuestros queridos franceses. Me contaba mi suegro -quien no entendía no haber hecho algún amigo francés pese a haber vivido años en Francia- que le habían contado la anécdota de que Ortega, que lo pasó también regular por allí, decía “...no sé... estos franceses… siempre con una barra de pan debajo del brazo…”. Y de ahí vendría que Woody Allen, afortunado americano, se vengara por todos y se decidiera, allá complejos, a cruzar el Sena con su baguette debajo del brazo -en la mencionada película.

Por mi parte, puedo decir que tengo una buena amiga francesa, que precisamente me la ha proporcionado el maestro, como ella le llama, y que nos gusta ir a Lavapiés a hacer el turista, y a comprar té, especias e inciensos entre sucursales de Bin Laden –no menos queridas por los vecinos, sus paisanos-, asentamientos chinos y alguna menor representación de la India. Claro que es una francesa de Marsella, que mira más para el Mediterráneo que para París, pero puede servir de prueba del amor francés.
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