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    2 de septiembre de 2014

El estado del bienestar

Nos han educado en el esfuerzo quienes aprendieron de niños que “la letra con sangre entra” y, así, estamos venga a exigirnos. Pero poco a poco está queriéndonos salvar una nueva mentalidad, más vital, que ve la bondad en lo fácil más que en lo difícil.

El hombre, como vio Kant, no se pide el imposible: volar; pero sí ser bueno y, por ello, sólo por ello, pues ya había topado con el muro de la razón pura, entendía que debía ser posible. Quedaba, pues, dar con lo bueno, y le pareció buena solución, por valer para todos por igual, actuar por deber sin mirar premios ni castigos. Pero el deber sin más, a palo seco, se hace cuesta arriba y, de ahí, que viera Ortega que no es del todo bondadoso. Así es que da una vuelta de tuerca más, y nos hace ver que el deber moral es el que uno cumple jovialmente. Es deber, es esfuerzo pero a la vez es gusto, afición que siente el corazón. Con lo que la prueba de lo bueno vuelve a ir a parar dentro de cada cual: en el propio contento. Y, así, el buen humor es la señal de que uno ha cumplido consigo, que es, al fin y al cabo, con quien únicamente se puede cumplir moralmente.

Entonces, como las matemáticas no ayudan, para encontrar nuestro camino no tenemos más remedio que probar, que empujar puertas, y la señal del acierto es la satisfacción. Y la satisfacción apenas repara en el esfuerzo. Y además pasa, cuando uno encuentra lo que es suyo, como si esa sintonía con uno llevara aparejada la sintonía con el cosmos; y aparecen las ayudas, los recursos, las personas, la información: las “casualidades”...

Así es que puede ser ya tiempo, en el estado del bienestar, de buscar el bienestar y confiar en las puertas que se abren con facilidad, como de dejar las que ofrecen dificultad.
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