cabecera
    20 de diciembre de 2014

El espíritu de la naturaleza

Como ando disfrutando el cielo desde mi terraza, me ha recomendado mi amiga Jud “El espíritu de la naturaleza” de Emerson, que es libro de 1836 que me habla de lo que me ocupa hoy. Nada nuevo bajo el sol y, sin embargo, una alegría cada vez que se comprueba... Quizá cuanto hacemos sea por esa necesidad de entendimiento.

Este Emerson, Ralph Waldo, pasó su vida en Nueva Inglaterra, entre bosques y allí experimentó lo que cada cual puede experimentar en su tierra, incluida si es el caso la ciudad, pues dice que quien se aparta del estrépito de las calles y mira el cielo se reencuentra consigo mismo y vuelve a ser un hombre. Una hoja, un rayo de sol, un paisaje, el océano ejercen un efecto análogo sobre el espíritu. Lo común a todos ellos es la perfección y armonía de la naturaleza, que es el símbolo del espíritu, del alma universal, de Dios, de la suma justicia: la verdad, la bondad y la belleza.

De pie, sobre la tierra desnuda, bañada mi frente por el aire leve, y erguido hacia el espacio infinito, todo egoísmo se diluye. Nada es por sí solo hermoso, lo hermoso lo es sólo dentro del conjunto. El nombre de mi amigo más íntimo me suena extraño y accidental; ser hermanos, ser conocidos, ser amo o sirviente es una minucia y una molestia. Me convierto en un globo ocular transparente, lo veo todo, las corrientes del Ser Universal me circulan; cada hombre, cada ser es una entrada a esa inteligencia. Soy una porción de Dios.

Si el hombre se siente solo que mire a las estrellas; estos emisarios de la belleza llegan noche tras noche con su sonrisa admonitoria para hacerle saber que está acompañado; la atmósfera ha sido hecha transparente para brindar al hombre la presencia perpetua de lo sublime.

“Salid de casa para ver la luna”, nos ordena, y hoy puede ser un buen día para hacerle caso porque es luna llena.
Compartir en Meneame