cabecera
    1 de noviembre de 2014

El cuadro del Ministro

Me cuenta mi compañero Nacho que Ángel Gabilondo dijo, en entrevista a su hermano, que cuando entró en el Ministerio, al ver los retratos de sus predecesores, pensó que acabaría siendo un cuadro, y que lo aceptaba tranquilamente.

Mi compañero aprecia mucho al recién ministro, ha contado este curso con él, en el máster de periodismo cultural que ha dirigido en el CEU y, hace tres años, en un grato curso de verano de la Universidad de Cádiz, en el que me encomendó presentarlo.

Un año antes yo había coincidido con Ángel Gabilondo en la UIMP. Después de muchas horas perdidas de playa, retorciéndome en la silla, ofuscado el coloquio en el cobro o no cobro de Ortega de su pensión, se hizo una voz, como milagrosa, rogando un poco de complejidad, y que, en atención a que estábamos en un curso dedicado a un autor de una obra llena de interesantes asuntos, se volviera a ella. Pregunté que quién era, pues estaba oyendo exactamente lo que yo hubiera dicho de acompañarme la precisión de palabra. Unas semanas después, impartió una bonita conferencia, sobre el cuidado del decir en la obra de Ortega, inaugurando el curso académico del Instituto Universitario Ortega y Gasset, que concluyó con un redondo “Te quiero, Juan”; y, así, jugando, como Ortega, con que Juan era uno cualquiera, nos dijo, a cada uno, “te quiero”.

Con lo cual, una le presentó con gusto y le desea lo mejor, pero, como le digo a Nacho, no veo fácil, por mucho que diga, tener paz, y menos durante ni tras el éxito. “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el cielo”, y no porque no sea hijo de Dios sino porque tiene más entretenimientos. De ahí que, en la India, entiendan que el rico o poderoso que se ilumina es un alma muy vieja e infrecuente, pues trasciende una carga, karma, o desafío muy pesados. No sabemos cuánto de vieja sea el alma del ministro, pero sí que teoría sabe; y que, en la práctica, tiene, con plus, la misma tarea que todos: abstraerse del cuadro: de la imagen; pues, socialmente, todos somos un cuadro.
Compartir en Meneame