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    16 de septiembre de 2014

Blogs de viajeros

Este verano ya tengo bien encaminados, esto es, de vacaciones a dos amigos que mandan de vez en cuando un correo-blog con sus andanzas. Uno es hijo de aquel amado de amiga que se fue hace un año; que ha pasado el aniversario con la casa madrileña ya plegada y en la China, con la intención de continuar económicas en Singapur. Y la otra es una compañera de meditación que debe ser también veinteañera, norteamericana, y que se ha ido a un centro espiritual en Abadiania, Brasil. Los dos blogs me transportan, amplían las miras y me alegran. Me alegra ver lo libres que andan, cómo se atreven a vivir, a ver, a ir por aquí y por allí, cada uno en su camino a su manera.

Hoy no les voy a contar de sus peripecias, pero sí de un compañero de viaje que hizo Jackie, el 30 de junio en el avión de Washington D.C. a Sao Paulo, de 5 años; es decir, de la edad todavía de tener el sentido común sin enturbiar con las normas que los adultos seguimos a rajatabla, sin preguntarnos por sus ventajas. El caso es que mi amiga le dijo al niño algo así como “ten cuidado con ese robot, que parece poderoso”, y el niño, al rato, le preguntó su teléfono. La madre tomó cartas en el asunto y le dijo, “pero, ¿para qué quieres su teléfono?, ¿no te parece que antes deberías preguntarle su nombre?” El niño le preguntó su nombre y mi amiga, entonces, el suyo. El niño había cumplido, pero no veía su interés satisfecho, y pegado a la barriga de su madre, le dijo bajito: “mamá, pero ¿qué es de la pregunta?”, --“¿Qué pregunta? Ah! ¿La de su teléfono?, pues no sé, pero ¿para qué quieres su teléfono?”, y el niño respondió: “pues para poder llamarla, y estar en contacto si lo necesito, tú sabes...”.
estudiosorteguianos.ifl@fog.es
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