cabecera
    1 de noviembre de 2014

Alas de mariposa

El miércoles nos recordaba Concha D’Olhaberriague en un bonito artículo la recomendación de Alejandro Rossi: Atender al detalle. En efecto, el detalle es curioso como pequeño añadido que sobresale del trasfondo-iceberg que delata. Pero una cosa es atender al detalle y otra perderse en él. “El amor vive del detalle” decía Ortega, como también dice Javier Marías que un detalle bien puede arruinar un gran amor o una gran amistad; y aquí es, entiendo, donde conviene no darle tanta importancia, pues, no se ve claro qué pueda vivir de un detalle como, tampoco, qué detalle merecer arruinar un amor o una amistad. Exaltar el detalle, tanto para bien como para mal, es idealizar y, por ello, uno y otro modo de perderse la rica y compleja realidad.

Lo que el otro hace, más que con uno, tiene que ver con él mismo, con sus propias limitaciones, que a veces se muestran más, como tenemos comprobado, ante quien más apreciamos. Relativizar los detalles, en nuestras relaciones, es cosa, pues, que parece razonable; de otro modo, puede que perdidos entre microscopías nos perdamos su verdad.

Esta suplantación o confusión del bosque con la hoja, típica occidental, es el anverso de la abstracción japonesa, como explican Julio Baquero y José Pazó en su artículo “Deseo de Japón”. El japonés atendiendo a las esencias más que a los detalles es capaz de sentir un pino en la descripción del viento de un poema y de observar el universo en un jardín. El platonismo, el mundo analógico, no existen allí, los significantes y significados, lejos de ser causa-efecto prefijada, son arbitrarios entre sí. Y esta forma de ver la vida como “danza desconcertante, connotacional, saltarina y esquiva” resulta no sólo más rica y graciosa sino también más real, y así una torpeza puede inspirar el comienzo de un gran amor.
Compartir en Meneame