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    24 de julio de 2014

Divertirse en verano

En vacaciones, liberados de las obligaciones cotidianas, acecha, a cambio, el deber de divertirse; pues, además, luego hay que volver y confirmar que se ha pasado fenomenal. Como está establecido que divertirse es salir de copas hasta las tantas, pasa que el que veranea en el campo o al borde de un precioso acantilado, antes de que le visites, avisa como disculpándose de que “esto es muy tranquilo”, temiendo que te vayas a aburrir o a pensar que es un colgado.

Por lo que es mucho el personal, de toda edad y condición, que se deja de explicaciones y se entrega resueltamente a la reconocida diversión de salir a toda hora del día, para unir cervezas y comidas. Parecería que se fuera a saciar esa necesidad de divertirse, pero no debe ser así porque el hecho es que se bebe, come, fuma y demás... ininterrumpidamente. Así es que no se ve que resulte fácil divertirse: muchas horas de pie, muchas copas, mucho humo... para, finalmente, que el cuerpo –no sabemos del alma-, andada la madrugada, vaya a parar, por lo general, no más acompañado que por sus doloridos huesos.

Porque, pese a ese ajetreo, osaríamos a afirmar que se liga poco. Se ven riadas de chicos por una parte, riadas de chicas por otra, sin mucho aparente interés de los unos por las otras ni de las otras por los unos, quizá por temerse más que al mismo demonio, que es en lo que se me antoja esa euforia propias de esta diversión zombi y sin rumbo. Todo sea por cumplir con la juerga veraniega, pero lo cierto es que, cada vez más destapada, apenas da para después contar nada; pues, como ya se sinceraron hace tiempo cantando los “rockeros extremoduros”, se puede resumir en “...salir, beber, el rollo de siempre...”. Que el cuerpo aguante.
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