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    19 de septiembre de 2014

ARCO y sus trastos

El idealismo, que inicia Descartes frente al realismo antiguo que, anteponía la realidad -las cosas- a todo lo demás, pone en primer lugar al propio pensar. "Yo no sé si existen las cosas que yo veo, pero de lo que estoy seguro es de mi verlas", viene a decir. Luego Ortega los integra, viendo que, en la vida del hombre, ideas y cosas se dan a la vez, sin posible separación. Soy yo pensando-viviendo las cosas y son las cosas en tanto pensadas-vividas por mí. Por separado, cosas y pensamientos son sinsentido y menos que el suspiro de cada cual.

Pero he aquí que en estos tiempos de confusión y esnobismo proliferan sin freno artistas rompedores que se agarran año tras año al viejo idealismo. El arte abstracto, que representaba figuradamente la realidad, ha resultado puerta para el puro subjetivismo, por la que se cuela todo espabilado que ofrece el arte de su nudo antojo.

Se hace así pintor el que no sabe dibujar un gato a su hijo, pues para ser artista no hace falta más que llamárselo él mismo y contarnos que ha vivido en Nueva York. Y es que por vueltas que se le dé, y buena fe que se ponga, sin mínima conexión con la realidad no hay modo humano de distinguir la genialidad de la tomadura de pelo, y el hecho es que sólo él sabe, como dice Ortega, si aquella mancha está bien manchada. Sin solfeo se hace ruido y no música, como sin pasar por Bellas Artes no hay arte sino trasto. Así, ante el capricho idealista del supuesto artista, conviene al visitante de ARCO no perder, también, el contacto con la realidad para lo mismo ahorrarse pagar a millón un trasto.

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