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    21 de agosto de 2014

Optimismo, una cuestión de salud

Una mentalidad jovial, optimista y, en suma, vital se abre camino; en parte, supongo, porque la física lleva un largo siglo diciendo que hay para todos infinitas posibilidades a cada instante, y que cada uno forma parte del todo. Pero salir del valle de lágrimas, de la conciencia de dificultad, escasez y, con ello, de necesidad de esfuerzo, sufrimiento y competitividad, en que se nos ha educado, no es fácil.

Y, así, este pensamiento positivo, más coherente con el conocimiento que tenemos hoy de la realidad, está siendo objeto de laboratorio, cual penicilina, en mil experimentos, para ver si nos animamos. Uno de los últimos estudios ha sido dirigido por Hilary A. Tindle, profesora de medicina de la Universidad de Pittsburg (EEUU), con 97.253 mujeres. Y entre las conclusiones destaca que la actitud positiva reduce los trastornos coronarios, la propensión a sufrir diabetes e hipertensión, el colesterol y los síntomas depresivos.

Las participantes optaron entre varias respuestas, tales como: “En tiempos inciertos, normalmente, espero lo mejor” o “Si algo puede irme mal, irá mal”. Por lo que la confianza en uno, base de la confianza en la vida y en los demás, parece importante. Y tiene todo el sentido que, si pensamos que pase lo que pase saldremos adelante, el cuerpo esté más activo, como preparándose para afrontar cuanta aventura se presente; y, al contrario, que de pensar que no podremos hacer nada, tienda a abandonarse; de hecho, el informe también señala que las personas pesimistas inciden más en conductas de riesgo, como el tabaquismo, el sedentarismo y la obesidad.
Y si la salud es asunto tanto físico como mental, por lo mismo, cabe pensar que lo es espiritual, pues pensar bien conlleva cierta paz. A este paso, y nos va a dar tiempo a verlo, el progreso de las ciencias va a dejar la salud en las manos de Dios.
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