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    23 de julio de 2014

Casado, vivo o muerto

A veces nos sobrecoge la noticia de que un ser querido va a casarse, especialmente si es joven, y se aventura a ello sin pasar por la pequeña prueba de la convivencia. Algo parecido le debía de pasar a Ortega y así, al felicitar a su amigo Marañón por la boda de su hija, tras desear a Mabelita las mayores venturas, no evita añadir su “falta de simpatía por la institución matrimonial, terrible petrefacto incrustado aún en nuestra civilización”.

Pero, como pasa con todo, hay mil formas de ver las cosas, y hay hasta quien no ve más que bondades en el terrible petrefacto. Tanto es así que existe una tradición china llamada “Minghun”, que se remonta a la dinastía Zhou (1045-256 a. d. C.) y que pervive hoy para molestia de las comisarías, que remedia la situación del que muere soltero, buscándole sus familiares una muerta de edad similar fallecida por las mismas fechas para, sacándolos de la tumba, celebrar el conveniente enlace. Ello, persuadidos del inexcusable deber de casarse, de que la soltería no trae más que desgracias, y de asegurarles una vida feliz en ultratumba.

Desde luego, pelearse no se van a pelear, ni siquiera tienen que buscar piso. No son pocas, pues, las ventajas de este casorio póstumo, digno de ser tenido en cuenta como sustitutorio del incrustado aún entre los vivos; y que, gracias al divorcio, no hace más que multiplicarse o incrustarse más, con segundas y sucesivas nupcias. De momento por aquí lo que se lleva es cumplir con el casamiento para luego por obra de divorcio vivir la soltería recuperada; caso, pues, igualmente idóneo para aplicar el remedio Minghun, llegada la hora. Pero, ¿nos besaremos en el cielo? Por si acaso los cuerpos gloriosos no hagan más que flotar, habría que aprovechar estos carnales, solteros y casados.
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