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    16 de septiembre de 2014

District 9

Se ha estrenado con éxito la esperada por extraña District 9, que no ha resultado tan extraña, pues es película de acción, como otras, con sus buenos y malos, su drama y su heroicidad. Pero hay que reconocer que tiene algo de gracia por cuanto es metáfora, gracias a unos extraterrestres a los que se les rompe la nave y no pueden regresar, de la compleja tolerancia. De primeras, se puede pensar en la relación entre negros y blancos, pues la nave se para en Sudáfrica.

Allí, en Johannesburgo, se concede a estos seres un terreno en las afueras de la ciudad donde puedan vivir cómodos, de forma que no molesten la conciencia ni el espacio humanos. Pero, salvados sus derechos, no se puede evitar verlos feos ni apodarles “gambas”, incluso en los telediarios. En ésas, un infeliz periodista blanco visita el poblado gamba, se contagia y le pasa que se va transmutando en gamba, empezando por un brazo. Y ya el problema del rechazo de los demás ante la transformación, como le pasó al Gregorio de Kafka y de nuestro corazón; y luego, dando la peli una vuelta de tuerca más, el de querer incluso aprovecharse del que padece la mutación. Todas las verdades y mentiras del amor de los seres queridos al descubierto y, sin embargo, sin aclararse por qué esa resistencia al cambio y a lo distinto, por otro lado, conocidos atractivos.

El caso, sin ir más lejos, de la popular gamba Obama, hijo de blanca y de negro, mitad y mitad entre dos mundos, gobernando la casa más blanca y no obstante insultado, según Carter, por faltarle la autoridad a su parte negra. Esta impulsiva e idealista exigencia de pureza debe venir de nuestro insatisfecho anhelo de ella, pues a todos se nos ha dicho que es malo ser gamba y todos, ¡ay!, nos sabemos gamba.
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