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    1 de noviembre de 2014

Angelitos góticos

Mucho han sorprendido al personal los retoños góticos del presidente. A una, no menos carrozona y de poco mundo, la verdad es que también. Claro es que también me chocan los míos propios. “Por sus frutos los conoceréis”, me digo para mi fastidio, mientras voy por la calle con mi pichón de 16, malencarada, con sus ojos pintados de negro y sus vaqueros talla 6. A unos les salen góticos, a otros pijos, y a todos horteras. Porque, ya puestos en discurso viejuno, que dice un contertulio de Revista de Occidente, no hay quien se salve, nunca la moda ha sido tan fea ni de tan ínfima calidad.

Pena da, desde luego, ver a la juventud con tan severo luto, como no queriendo dejar pasar asomo de luz ni asomo del exterior; ya plenos, se enfundan de negro, y nos vienen a decir “no”. Luego pasa a los 40 que da por decir que sí, y así vamos. “Es la edad”, decía mi suegro cuando el bebé lloraba, cuando el adolescente gritaba y cuando el de 20 razonaba, para sacar los cuartos a sus padres para no sé qué. No falla, es la edad.

Visto esto, el episodio de los pichones zetapés nos puede enseñar algo. Y es que por el camino egocéntrico de creer que el otro es prolongación de uno, hemos llegado a la infeliz conclusión de creer que la imagen de España nos va en los modelitos de las niñas ZP. Con esfuerzo vestimos al marido, vestimos a los niños, vestimos la casa y ahora nos salen, de Moncloa, las nenas góticas. Es para morirse.

Esto del control del personal es agotador y no tiene fin; además de ingrato, porque no sólo no te lo agradecen sino que encima te cogen rencor. Así es que bien pensado podríamos darnos el descanso de dejar al otro en paz, dedicarnos a uno mismo, a disfrutar lo que se pueda la compañía de nuestros angelitos góticos, punkis, en cualquier caso horteras, que también tienen su gracia, y ya veremos qué pasa con el país.
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