cabecera
    26 de octubre de 2014

Divorcio

Una amiga se divorcia y una la felicita. Qué se le va a hacer, no se acaba de ver que el divorcio, como dice el tópico, sea un fracaso; como tampoco que el éxito venga siempre del mismo matrimonio, la misma empresa, los mismos amigos y el mismo veraneo.

El matrimonio suele ser esa jaula en la que se mete uno con la candidez de la juventud y la alegre costumbre de coger la puerta cuando se quiere, incluso a veces dando un portazo a mamá; sólo que esta vez el portazo se lo dan a uno, y con forma de bendición. Y claro, andado el tiempo, no se comprende nada, porque a la vista sólo estaba la bendición. Y, sin ver jaula ni portazo, el pájaro se culpa día y noche por no verse volar feliz.

¿Cómo me puedo sentir mal, si lo tengo todo?, una casa magnífica y luminosa; un marido guapo y trabajador; unos niños sanos y alegres y hasta un trabajo cómodo y resultón. Es mi mal carácter, ya me lo decía mi madre, y ahora me lo dice este príncipe azul que no hace más que trabajar para que vivamos así de bien.

En ésas, “cuatro días en París y vi la luz”, me dice mi amiga, como podían haber sido tres en Cádiz, que también han bastado para ver la luz. ¡Ah, la luz! “¡Ah, la transparencia, ver una cosa a través de otra!”, escribió Umbral; ver la vida desde la jaula y la jaula desde la vida, ver al príncipe azul Barba azul que vive de ese mal carácter, que mengua el ánimo y la confianza, para que no se abra la habitación prohibida donde está la pregunta: ¿Es esto lo que quiero?

Con un poco de tiempo, se ve que los fracasos, como los éxitos, no son más que pasos, y que lo que interesa, sobre todo, es que nos acerquen a lo que queremos.
Compartir en Meneame