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    24 de julio de 2014

Con el convento puesto

Dábamos por separados el cielo de la tierra, el reino de Dios del de César y, con ello, a Dios del hombre; y de ahí que para acercarnos se nos ocurriera renunciar en lo posible a todo lo que se antojaba como más terrenal. Pero esto de la renuncia, ya lo hemos dicho otros días, no sólo no se estila sino que, afortunadamente, no se ve ya bueno ni sano; con lo que los conventos, ay, están en las últimas. “No hay vocaciones”, se viene a decir. Pero he aquí, que parece, sin embargo, que el personal se está acercando, con más naturalidad y desparpajo que nunca, a Dios.

No da por religión alguna, ni por adorar a Jesús ni a Mahoma, pero sí por comunicarse con Dios; por sentir su presencia dentro de cada uno y por vivir como conectado con una suerte divina que se nos escapa y, con ello, por aceptar la incertidumbre y las situaciones difíciles, con una confianza y tranquilidad impropias para unos ojos de antesdeayer.

Sin meterse monje, sin hacer votos de pobreza, humildad ni castidad, desde todas partes del confort occidental, está el personal intentando vivir en estrecha colaboración con Dios. “Quiero aprender a vivir en este mundo, disfrutar de sus placeres y entregarme a Dios, estar siempre con Dios”, así se lo cuenta la neoyorkina Elizabeth Gilbert a un curandero de Bali, el cual le dice, como si tal cosa, que para encontrar ese equilibrio tiene que tener los pies firmemente plantados en la tierra como si tuviera cuatro, y mirar el mundo con el corazón; y le dibuja un ser con cuatro piernas, unas flores en lugar de cabeza, y a la altura del pecho una imagen sonriente. Con lo que uno, anclado firmemente en el aquí ahora, sin juzgar ni elucubrar, disfruta en plenitud la vida, pues deja pasar la acción de Dios. De modo que con un par de piernas más y unas flores se lleva uno el convento puesto, toque yate o toque currar.
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