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    30 de agosto de 2014

Still walking

Una estrellada noche de hace dos veranos, en una lujosa terraza de Estambul, en un momento en que mi amiga Isy se había quedado sola, tocaron en español la canción de Jehro “Continuando”. Sorprendida, despertó de su melancolía y agradeció, sin saber a quién, que le cantaran en ese momento, en ese lugar, esa canción. “Aunque sientas dolor, sigues continuando, subiendo, continuando; aunque tengas temor, sigues continuando, cruzando, continuando … Aunque tengas preguntas, sigues continuando, buscando, continuando; aunque baje la sombra, sigues continuando, navegando, continuando … Aunque dañan tus sueños, sigues continuando, sembrando, continuando…”. Luego, nos la ha enseñado, la pone a veces en su casa y hasta la bailamos, pues, pese a su melancolía de fondo, tiene un ritmo que anima a la marcha, a continuar, a seguir andando.

Eso mismo, y con la misma suavidad de la canción de Jehro, nos viene a decir la amable película “Still walking” del director japonés Koreeda. Veinticuatro horas de apacible reunión familiar muestran los pasos y continuandos de cada uno, a la luz del cruce de verdades de fondo, duros prejuicios, penas y reproches, que conviven con ellos entre el calor de hogar, la entrañable cocina materna, los comentarios más livianos y el sentido del humor. Esto es: la complejidad de una familia cualquiera, hecha de calor y frío, cercanía y distancia, comprensión e incomprensión desde la base del amor, que a veces sabemos dar y a veces no.

Koreeda, con austeridad y delicadeza, en el otro polo de los gritos y desgarros propios del cine español, muestra cómo la vida nos pasa, igualmente, con toda su mezcla de sabores y sensaciones, y que sólo nos queda, aun primando unos, vivirlos todos continuando.
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