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    24 de noviembre de 2014

La fe

Se dice que "en las puertas del cielo está el diablo", lo cual deja entrever cierta colaboración entre Dios y el diablo. De aquí que los bellos disfraces del diablo no sean sino pruebas a nuestras convicciones, y nuestra fe o su falta, lo que nos salve o nos pierda. Fe en Dios que no es otra, pues, que la que se pone en uno mismo.

Dios ve -como dice Zubiri-, por lo cual no tiene ni necesita razón: todo se le muestra transparente. Pero al hombre, en cambio, no se le da nada con evidencia plena, y no cuenta para guiarse más que con su razón. Y esta razón no es cosa exacta, pues que 2 y 2 sean 4 le sirve para la cuenta de la compra y poco más, en todo lo demás es aproximada, vital, en vista de la circunstancia -enseña Ortega.


Con lo que el caminar del hombre es un caminar a tientas; y la fe algo consustancial a él y no una elección, como a veces se cree. Sin remedio nos tenemos que fiar de lo que la razón nos muestra como mejor; y luego los hechos, con sus aciertos y errores, nos la dan o nos la quitan.


Así, uno puede salir al encuentro de su vida o bien quedarse como está. Lo uno es una aventura, supone dar pasos en el vacío como Indiana Jones; y lo otro, a fuerza de inmovilizarse, suicidio blanco -que decía Ortega. Vive entonces más el que más fe tiene, el que más confía en la vida, y ésta, efectivamente, como por obra de milagro o a modo de recompensa, por cada pie que adelantamos en el vacío nos pone una tabla inesperada y magnífica. Y se conoce que Dios también se disfraza.

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