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    23 de noviembre de 2014

Scarlett

El miércoles fui a ver “A view from the bridge” de Arthur Miller en el teatro Cort de Nueva York. La obra, no sé qué les parecerá a ustedes, pero a mí, quizá por mi limitado inglés, se me hizo un drama un tanto forzado, al que no supe encontrar mucha gracia ni sentido. La gracia y el sentido venían de que iba con mi hija de 16, estudiante de arte dramático, y de que una de las protagonistas era Scarlett Johansson.

Nos gustaba ver a Scarlett y Scarlett se dejó ver sobre el escenario las dos horas de obra. A María mi hija le pareció que le faltaba movimiento, yo le dije que era un mérito, que en el cine aguanta la cámara con austeridad, pero me explicó que es más difícil hablar mientras se hace algo, que en el teatro es importante no quedarse quieto y que de hecho los otros actores se movían más.

El caso es que la chica, con este debut en Broadway, baja a la tierra desde lo más alto del candelabro todas las tardes a las 8, cumpliendo, según dice, con su sueño desde pequeña. Así es que nos alegramos por ella y por Broadway.

A la salida, unas vallas, unos policías y dos furgonetas negras blindadas. Ea, pues nos quedamos, que total de turista a fan no hay más que un paso. Y salió Scarlett, con su compañero Liev Schreiber, sonriente y discreta, como si de Woody Allen hubiera aprendido. Camuflada con gorra hasta la nariz, cual muchacho de 12, firmó despacio autógrafos a todos, sin apenas palabras de nadie, a la vez que firmaba también su compañero, guapetón al descubierto y más dicharachero, pues el personal se atrevía más a hablar con él. Y Scarlett subió tranquilamente a la furgoneta.
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