cabecera
    1 de noviembre de 2014

Ser y no ser

Sin poder evitarlo, me entra la risa al leer que la figura de Marichalar ha ido a parar, en el museo de cera, de estar con la familia real, al almacén, tras pasar unos meses por la sala taurina “el ruedo”, y me digo que “no somos nadie”. Pero también me viene un cuento taoísta, que narra la historia de un campesino que gasta sus ahorros en una buena potra, para alguna envidia de sus vecinos, hasta que un día la potra se escapa y le compadecen. Pero, todo vuelve a cambiar, para admiración de los vecinos, pues tres meses más tarde, la yegua reaparece preñada y acompañada de un magnífico semental. Entonces, el único hijo del campesino doma al semental y se aficiona a montarlo, y un día se cae y se queda inválido, con el consiguiente nuevo canto de penas de los vecinos. Al poco tiempo, se decreta la movilización de todos los jóvenes para luchar contra una invasión mongola, de la que muy pocos regresan; pero el hijo del campesino, gracias a su lesión, queda a salvo en el hogar.

Ante tanta calamidad y bendición, felicitaciones y lamentos, el campesino se mantuvo tranquilo, sin alcanzar a decir en cada ocasión más que “esperemos” o “ya veremos”, pues sabía que las nubes tapan el sol, pero que también traen la lluvia; y que ésta puede nutrir, como otras veces devastar.

Recordar que todo está en constante cambio, nos podría liberar de la mayoría de nuestros sufrimientos, pues, bien visto, éstos vienen de apegarnos a una única idea de lo que es el bien, e identificarnos con unas determinadas formas y circunstancias. De ahí que toda dicha, al retenerla pretendiéndola inamovible, traiga inevitablemente dolor. Sólo desvinculándonos, asentándonos en nuestro centro, podremos disfrutar y liberarnos de su contrapartida. Esto nos resulta difícil ponerlo en práctica, pero la vida, como si se empeñara en que aprendamos a vivirla, nos brinda lo que nos parecen reveses pero que como lecciones de verdad nos dicen que no somos un banquero, que no somos un miembro de la familia real, que no somos un propietario de un caballo; y, entonces, liberados aun en la cárcel, descubrimos que somos.
Compartir en Meneame