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    22 de diciembre de 2014

Todo se transforma

Me dice el profesor Jaime de Salas que su madre le enseñó que hay dos generosidades: la de dar y la de recibir. Yo ya estaba un poco al tanto de ello, pese a que, como a muchos, me han educado más en el dar que en el recibir. “No gracias, no quiero nada, bueno, un vaso de agua, gracias”. Parecía como si lo mejor que podíamos hacer por nuestra tía era no querer ni agua; pero luego ella misma te mostraba que tenía entre sus buenos recuerdos lo mucho que disfrutabas cuando te invitaba a comer, pues enferma te pregunta: “María, ¿crees que volveré a hacer empanada?”

Separar el dar del recibir no trae más que malestar y confusión, pues deja lo bueno del lado del dar, y así el que da puede verse en una posición incómoda de superior, y el que recibe sentirse en deuda y, preocupado por el esfuerzo del otro, hasta sentir que no lo merece. De ahí las tensiones que muchas veces se pasan con los regalos. Sencillamente, no sabemos dar en la medida que no sabemos recibir.

Pero todos queremos dar; la colección más personal no acaba de tener sentido si no la podemos enseñar, y hasta el escritor más solitario busca que alguien le quiera y atienda, aunque sea de lejos, cuando le lea… Por lo pronto, pues, todos queremos recibir la generosidad del otro de recibir lo que le damos, pero para ello conviene aplicarse también en recibir cuanto nos quiera, él, por su cuenta dar. Porque, como dice la canción de Drexler: “Cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da; nada es más simple, no hay otra norma, nada se pierde, todo se transforma”… Así, unos papelitos de regalo vuelven convertidos en unos bonitos cuadros, y “supe que de algún lejano rincón, de otra galaxia, el amor que me darías transformado volvería, un día, a darte las gracias”.

Y al comprender que al dar recibimos y que al recibir damos, caemos en lo que dice el Zen: que no hay dar ni recibir porque, en verdad, tampoco tú ni yo.
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