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    23 de noviembre de 2014

Cercas y lejos

Decía Ortega que el amor es “gran organizador de los cercas y los lejos”, y que esa alternancia actúa, de hecho, como “una máquina neumática para absorber los sesos”. Visto esto, estaríamos por los cercas sin organizar como por los sesos sin absorber; pero, aun así, los cercas y los lejos es cosa que anda alterada.

El otro día me decía una profesora americana de mi hija María que al principio le sorprendían mucho los besos y abrazos fuertes que los españoles nos enviamos por correo, algo en EEUU muy reservado para el amor. Sin embargo, esta profesora le ha escrito a mi hija una carta de recomendación de generosidad conmovedora, para admiración de los españoles que la hemos leído. Desde la tarima donde damos una conferencia, desde el artículo que escribimos, desde la soledad en que enviamos mil besos en un mensaje, ofrecemos la cercanía que en la cercanía no damos.

En el mundo intelectual, ya casi no nos sorprende comprobar una vez tras otra que personas que en privado te han elogiado efusivamente un trabajo o un libro, a la hora de la reseña o de la cita, naveguen por el universo o todo acabe en el consabido “Puede verse el libro de…”. Y también es muy español tener un trato familiar con los compañeros sin que ello impida luego las malas jugadas.

Por otro lado, se nos cuela entre medias el mundo virtual, y el guapo George nos hace pensar en “Up in the air” sobre la conveniencia de despedir a los empleados en persona o por videoconferencia. Así las cosas, una pasaría por ser despedida por carta, incluso para ahorro de videoconferencia, si con eso se arreglara lo de los mil besos en persona.

Si el hombre es un “ser de lejanías” --decía Umbral retomando a Heidegger-- “un ser de utopías, de distancias, de proyectos líricos (…) tiene que aprender a ser criatura de cercanías, pastor de lo inmediato”, “quieto en lo quieto”, cerca en lo cerca.
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