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reseña

Sven Regener: Cómo ser el señor Lehmann

Sven Regener: Cómo ser el señor Lehmann. Traducción de Valentín Ugarte. 451 Editores. Madrid, 2010. 280 páginas. 17,50 €
Berlín occidental, corren los meses previos a la caída del muro en 1989, lugar y época en que se desarrolla esta novela que describe a una generación de urbanitas decadentes, coincidente en tiempos con la vida del autor, nacido en 1961. Se podría pensar que Regener convivió con los personajes que nos trae en su novela, máxime dada la vivacidad, intensidad y agudeza de los diálogos. Y es este aspecto, quizá, el más destacable del texto, al darle frescura y agilidad y aportando un fino humor.

Frank o el “Sr. Lehmann”, como todos le llaman de manera respetuosa ya que está bordeando los 30 años, edad en la que siente que los años le empiezan a caer de golpe, y que está obligado plantearse qué será de su vida. Una vida que pasa inexorable e irresponsablemente de bar en bar, sirviendo y bebiendo cerveza, rodeado de todos y de nadie, pronto se lo dejarán saber los acontecimientos a los que se verá abocado. Un feroz perro le hará conciencia sobre la fragilidad de su insensata condición; un jefe mediocre y desagradable le hace pensar sobre lo que no quisiera llegar a ser nunca; una mujer le hará vibrar y sentir para luego conducirlo a una gran decepción, que lo llena de resentimiento…

Su gran amigo le mostrará el valor de la amistad y la admiración y la complejidad de la frustración. La inesperada visita de sus padres le retrotrae a sus orígenes, y un particular encargo hecho por éstos le mostrará el valor de la libertad y lo incomprensible de las situaciones absurdas a que conduce la intolerancia: como el hecho de que exista una ciudad dividida por un muro vergonzoso que, como colofón de la novela, cae sin que ello genere especial entusiasmo en nuestro anodino personaje.

Una obra bien ambientada, en la que el autor con sus descripciones nos lleva de la mano por todas las calles, callejuelas, plazas y lugares de Berlín: un buen paseo. Podría decirse que describe con detalle la geografía de la ciudad, de una ciudad que brilla y vive en el verano y que se hace lúgubre, insoportable, eterna y alcoholizada en el invierno. Y al final, irremediablemente –y como ha de ser–, el diagnóstico de la vida urbana de esta generación de jóvenes –que podría ser la de cualquier otra ciudad europea– lo realiza un médico: “La vida de esta ciudad resulta demasiado sencilla para los jóvenes: poco trabajo, vivienda barata y demasiado ocio. Todo esto está muy bien, pero la mayoría necesita algo que legitime ese estado de permanente inconsciencia. Y cuando ese algo se viene abajo… ¡Bun!

Por Lucía Nieto Huertas
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