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    19 de diciembre de 2014

El hombre que no ama a las mujeres

Leí con gusto en el verano de 2004 “Las metamorfosis del seductor” de José Lasaga, y ahora he vuelto a disfrutar con su artículo “Los donjuanes de Marañón”, que publica el número de abril de Revista de Occidente. Me ha sorprendido mucho la agudeza de Marañón, y me incita a alertar aquí sobre la vigencia de Don Juan, pese a que pudiera creerse que la liberación de las costumbres lo imposibilita. Pues a mi entender esto no añade sino facilidad a la creencia que todavía tenemos en él.

Lo prueba el hecho de que la tesis de Marañón ha sido más bien rechazada, pues nada se condena más, como sabía su amigo Ortega, que intentar usos nuevos. Y en este caso resulta incómoda en tanto pretende desmontar el mito de Don Juan, el cual “depende del mito cultural” de “la falsa virilidad cuantitativa”, que “hacemos entre todos los hombres”, y que viene a esconder un “problema sexual”. Subraya, así, el componente maquiavélico de su nacimiento, y lamenta “esa gran mentira perturbadora”.

Define a Don Juan como narcisista, y su “autoafectación erótica típica” como “germen latente de homosexualidad”. Don Juan, pues, no ama, no puede amar, a las mujeres, y las seduce “femeninamente”, buscando convertirse “en el centro de gravitación sexual”, pues está más en su pose y zapatos que en las piernas de la mujer con la que está. Su “debilidad amatoria” consiste en repetir un mismo recorrido corto, de ahí que tenga que cambiar de mujer, pues sucesivos encuentros con la misma le llevarían a una mayor intimidad y por tanto al encuentro con él, que es lo que trata de evitar con su compulsivo hacer. Don Juan no se emplea, no puede emplearse a fondo, no disfruta del juego, sólo busca el nuevo triunfo que le reconoce la sociedad y que por un momento le acalla su incapacidad. De ahí que, una vez la pieza en sus manos, su sexualidad sea rápida, de huida hacia adelante, próxima a la masturbación y a la violación; y de ahí su constante insatisfacción. Duda Marañón biológicamente hasta de Casanova, de elevada estatura y mandíbula retraída: “detalles fatales” para “la veracidad íntima de los lances de amor”, y sin embargo dice de su opuesto, el enano acondroplásico, que “bajo su catadura grotesca suele esconder una increíble aptitud para el amor”.

De modo que al hombre se le podría reconocer, más que por su belleza e inciertos recuentos, por tener una mujer a su lado que sonríe. Así, consciente de que nos juntamos el hambre con las ganas de comer, dice Marañón que las mujeres que dan con Don Juan son “de mentalidades preocupadas o histéricas, de instintos apagados”, que no creen merecer ser amadas, y que sin éstas no existiría. De momento, anda vivo, camuflado entre conquistas, como también entre matrimonios e hijos, y en forma siempre en alguna medida de maltratador, pues el mito de su hombría convierten su huida y rechazo en culpa de la mujer. Por eso, a la mujer que con un hombre a su lado, no sonríe más le valdría alejarse de él. Y, ya lejos, comprender que gracias a él buscó la salud, y sonríe. Don Juan después de todo es un gran maestro.

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