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Esto lo arreglamos entre todos: ya lo dijo Kant

Cuando Kant se plantea la pregunta, ¿Qué debo hacer?, responde con el Imperativo categórico. En la era de la incertidumbre y de la falta de ideas sobre como salir de este modelo social y económico que por mucho que salga de la crisis hace aguas por todas partes, aumentando las desigualdades y la pobreza moral allende los mares, la propuesta kantiana ha sido copiada por una campaña de publicidad.

Se me antoja que al hilo de la propuesta kantiana, ante la falta de ideas y de líderes o gurús que sepan qué se debe hacer, podemos buscar por otro lado y asombrarnos con la propuesta kantiana en las diferentes formulaciones del imperativo categórico:

"Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal"

Si cada presidente del gobierno, si cada empresario, si cada ciudadano, a la hora de decidir qué hacer, analizase las motivaciones que le mueven a tal acción, a tal decisión e imaginase qué pasaría en el mundo si uno y cada uno de las personas que habitan el planeta tomara esa misma decisión, deseara eso mismo, con esas mismas motivaciones, ese presidente, ese empresario, ese ciudadano, ¿qué harían? ¿aquello a lo que nos tienes habituados?

A falta de ideas, a falta de rumbo, a falta futuro, no es banal proyectar en una pantalla gigante la vida que normalmente vivimos en un microcosmos como si ampliándola viéramos el cuadro de la humanidad: yo, junto con el resto de pares. Si antes de actuar pensásemos que toda la humanidad hará a continuación lo mismo que hago yo, ¿no encontraríamos de esta manera la guía perfecta para actuar? No es esta sencilla fórmula un compendio de sabiduría académica y popular que a su manera dice: “No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”.

Kant, para llegar al público, a la humanidad entera, redacta su imperativo categórico de otra manera mostrando la conciencia que tenía de la necesidad de que la filosofía trascienda los ámbitos académicos y ayude a crear sociedades más justas, más igualitarias:

"Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio”.

Y sí, pensar en uno mismo como parte integrante de un tipo de seres vivos que conforman la humanidad y que tienen ciertas capacidades propias, es una alegría y una responsabilidad a la vez. Y para ser humano en un sentido pleno, debemos cultivar esta humanidad, fomentando aquello que nos une como humanos y que cada ser tiene.

Si cada uno pensase siempre a la vez en sí mismo y en la colectividad de seres humanos a la vez y nunca nunca se permitiese utilizar a otro ser humano, ni a sí mismo, para lograr otras cosas, de este modo, tendríamos otra guía de buenas prácticas. Así, el ser humano se pone a sí mismo como fin en sí mismo de sí mismo y de una hipotética humanidad para la que querríamos el mismo fin que para nosotros mismos. Orientaríamos la vida y las energías a lo que es tanto individual como colectivo, a lo que nos une y no a lo que nos separa de nuestra propia dignidad y de la humanidad en general.

En tercer lugar, el imperativo propone un juego al que todo ciudadano y ciudadana de cualquier democracia habrá jugado alguna vez: ¿cómo sería ser presidente? ¿qué haría? ¿qué no haría? ¿qué cambiaría? En definitiva, ¿qué mundo me gustaría construir?. Un juego en el que el ciudadano suele terminar sus cavilaciones defraudado por las limitaciones de las democracias indirectas, por la pobreza que significa participar en el gobierno con tan solo un voto cada cuatro años. Ahora bien, si este juego de la imaginación lo hiciéramos cotidianamente aplicando esta nueva formulación:

"Obra como si por medio de tus máximas fueras siempre un miembro legislador en un reino universal de fines"

¿no sería una buena cosa pensar que en cada pequeño reino cotidiano, en cada pequeño reino empresarial, en cada hogar, cada acción fuera pensada y sentida en estos términos antes de realizarse? ¿no nos evitaría la constante sensación de desorientación? ¿no sería éste el verdadero change anhelado que con tantos repetidores recorre el mundo desde el surgimiento de la figura del actual presidente estadounidense como un nuevo espíritu comunista? ¿no sería ésta una forma de liderar, entre todos, la transformación de esta sociedad tan inmoral, tan injusta y tan poco libre? ¿no sería ésta la actitud a propagar en las escuelas?

Sin ánimo de idealismo, sin ánimo dogmático, es necesario recordar que este pensamiento debe combinarse con el vitalismo y con otras tantas otras cuestiones, ya que hay casos célebres de la frustración mortal que puede ocasionar obsesionarse con este imperativo. Frustración porque dentro de la humanidad hay limitaciones en cada recoveco y también hay que preservar esa individualidad que tantas veces nos hace olvidar al otro.

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