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    28 de julio de 2014

Madre no hay más que una


Y menos mal. Pero a veces la vida sobreabundante te colma con más: la abuela, la tía abuela, las titas e, incluso, las mitas, que también a veces les da por hacer de mamás, lo cual, queda dicho, es el colmo.

La madre es ese motor sin reposo ocupado en ver lo que haces para recomendar a la par que hagas lo que no haces; es quien aparece en tu casa, mientras estás en el trabajo, para ponerte unas cortinas a su gusto que no te gustan; quien te llama a las dos para decirte que te ha hecho comida cuando ya te has organizado para comer fuera y quien te compra la bata que no te hace falta sin atender a lo que te falta… En suma, la madre es esa persona que te genera mala conciencia permanentemente por haberla reñido, habiendo tanto que agradecerle…

Un bollo, o la torta un pan. Tanto es así, que se multiplican los homosexuales y los solteros de toda condición; a ver ¿quién se atreve? vista mamá, con lo buena que es. Y de emparejarnos, damos con una igualita, pues cada día nos parecemos más a mamá y, además, nos parecemos todos mucho.

La madre es esa asignatura pendiente de fondo que nos suele acompañar toda la vida, salvando, claro, las excepciones o que uno, llegados los años, se haya propuesto darle una solución, es decir, el saludable desahogo del respeto.

Y estamos en el día de la madre, ya adultos, y ¡oh, sorpresa! caemos en la cuenta de que mamá es una persona. Y entonces cortamos el cordón umbilical y la liberamos, después de tantos años, del pesado embarazo de nuestra exigencia; y agradecemos, por fin, cuanto nos ha dado. Es el comienzo de una gran y vieja amistad, y sentimos que no hay más que una.

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