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    23 de noviembre de 2014

Célula artificial

Un cromosoma formado por la mezcla de 4 productos químicos ha dado a luz. Un antes y un después, que empieza mirando hacia nuevos combustibles, vacunas y aguas potables; pero que traerá, andando un poco, un nuevo hombre y un nuevo mundo, le oía decir el viernes a un nuevo profesor, que de paso preguntaba: “Pero, ¿es que hay algo natural?, ¿es que el trigo es natural?”.

Efectivamente, en nada hay fronteras nítidas y esta célula, punta de iceberg, nace para que no podamos olvidarlo. Por más que en teoría nos pongamos a distinguir, la práctica no nos trae más que mezclas de diversos elementos, abiertas a gradación infinita. Ni blanco ni negro, más o menos blancos, más o menos negros, siempre mezclados con sus contrarios negro y blanco. “Alguien me dirá que esto es una contradicción y yo, más que de prisa, le respondo: Tiene usted razón, señor mío, completa razón. Es una atroz contradicción, ahora que no es mía, no soy yo quien me contradigo: es la realidad misma y yo no tengo la culpa de que ésta sea tal (…). Lo que pasa es que usted, inmovilizado por una tradición filosófica ya exánime, sigue creyendo que la realidad no puede ser en sí misma contradictoria porque sigue creyendo que ésta es el ser suficiente, completo, perfecto y óptimo”; ya se defendió, así, Ortega, creador, con la primera onda cuántica, de un pensamiento, por fiel a la realidad, abierto y complejo. Pues es claro que si no se da exactitud ni precisión en la realidad, no puede pretenderse precisión ni exactitud en el conocimiento que se obtenga de ella, sea científico, sea filosófico.

Es el tiempo de las mezclas, de las posibilidades y probabilidades, y por tanto de aceptar la complejidad o imprecisión inherentes a la realidad, como repite con éxito de francés Morin, tantos años después de que el español Ortega lo aplicara en una gran obra, en gran parte por descubrir, precisamente por innovadora, por no entenderla todavía los ojos idealistas que la leemos, buscando conceptos puros y separaciones tajantes.

¿Dónde empieza y dónde acaba lo natural? Lejos ya de que lo explique con simplismo el no menos exitoso existencialismo francés de Sartre, separando lo social de lo personal, lo inauténtico de lo auténtico, la vida -“el que”- se nos muestra a una natural y artificial. En nuestra mano queda lo que hagamos con ella -“el como”-, a su vez más natural o más artificial, más cerca de nuestro sentir o menos, y por eso a lo largo de la vida “le va sabiendo su vivir a todo hombre con los más diversos y antagónicos sabores. De otro modo, el fenómeno radical Vida no sería el enigma que es”… Salvo para el que la haya creado; el laboratorio sólo da, antes o después, con posibilidades que ya están.
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