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    17 de septiembre de 2014

Filosofía en 1º de bachillerato

Ayer, mi hija María me contaba una lección de filosofía, titulada “¿Cómo ser feliz?, y Arístipo me recordaba que la naturaleza nos ha dado dos maestros para distinguir el bien y el mal: el placer y el dolor; Aristóteles abundaba con que la felicidad hace al hombre bueno; y luego Bentham con que la mejor acción es la que más placer da al mayor número de personas. Qué acertados, pensaba yo, acordándome también del contento o satisfacción como síntoma del acierto de la acción, del acuerdo con uno mismo, como dice Ortega.

En esa paz que da el entendimiento, vinieron los distingos, y disgustos, que si placeres del cuerpo y placeres del alma; unos comunes con el animal, otros propios del hombre; unos superiores, otros inferiores; que de unos conviene casi prescindir porque con ellos se cae, parecía que siempre, en excesos e incluso en dolor, mientras que los otros, en cambio, como “contemplar una obra de arte”, le elevan a uno… decía la chiquilla sin pestañear siguiendo el libro. Y, puestos ya en placeres altos, para colmo el bueno de Mill añade que cuanto más cultivada y sensible es una persona, mayores son sus sufrimientos, pero que “más vale ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho”. Total, que hablamos con el novio de literatura y pasamos el sábado haciendo colas en los museos, con lo bien que estarían nuestros cuerpos, pese a humanos, tumbados debajo de un árbol... y sin hablar.

No viene al caso seguir en el mismo plan de medir quiénes son los superiores, si los animales o nosotros, además de que las comparaciones son odiosas, pero sí de integrar nuestra parte natural. El cuerpo es quien mejor nos dice cómo andamos y por eso es quien nos conecta con nosotros, con quiénes somos realmente, con nuestro ser o alma; el cuerpo es la puerta del espíritu.
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