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    26 de octubre de 2014

La fuga de un torero

Christian Hernández, novillero mejicano de 22 años, se ve incapaz, en plena faena, de matar al primer toro y resuelve huir. Así se lo explica al juez, paga la multa correspondiente, y, en paz, a otra cosa mariposa. “Para los taurinos puede ser un hecho inexplicable, pero para mí está perfectamente claro”, declara después con no menos decisión. No sé los taurinos, pero una le comprende.

Y sorprende, porque esto de no continuar, de echarse para atrás, o de deshacer lo empezado es bastante poco frecuente, como también lo es rectificar, pedir disculpas o subsanar lo mal hecho. Lo común es tirar “palante” por el conocido camino del medio, que suele ser el de la chapuza; ello por principio, esto es, por no dar nuestro brazo a torcer. Reincidimos una y otra vez en nuestros actos como si a base de reafirmarlos, por una suerte de luz de gas, se fuera a hacer normal lo anormal. En eso están los políticos y parece que es lo que aconsejan sus asesores, digo esto por ver la paja en el ojo ajeno rápidamente, pero en eso estamos todos, más o menos. Pero he aquí que Christian, en esta ocasión al menos, ha sabido decir “no sigo”, “me apeo”, “esto no es para mí”, “esto no es lo que quiero”.

Cuando se tiene algo de importancia que perder, una retirada a tiempo es una victoria; pero normalmente nos gobierna la imagen, el orgullo, ese rígido personaje que se tiene que salir con la suya, y nos hace erre que erre seguir en lo que no nos corresponde. “El arte de perder” es el título de un interesante libro de Lola Beccaría, que les recomiendo y al que he dedicado con gusto una reseña en Los Lunes de El Imparcial. Saber poner fin, requiere muchas veces más valor, convicción y voluntad que seguir, que suele esconder el verdadero miedo o incapacidad para abrir la vida. No hay por qué ser torero, o sí, pero cada uno en su plaza.
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