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    20 de octubre de 2014

La vida muda de un pez

Shahriman Ghazali, biólogo marino de la Universidad de Auckland, ha descubierto que algunos peces, al igual que los delfines, se comunican entre sí mediante sonidos. Y la verdad es que lo he sentido, por ellos y casi por mí, me gustaba eso que dice Ortega: “Feliz quien pudiera exclamar como Empédocles de Akragas: «Yo he sido ya una vez muchacho, moza, planta, pájaro, y en el mar he ejercido la vida muda de un pez»”: me tentaba la vida del pez, la paz de la profundidad del mar, el sentir constante, el silencio… Y ahora resulta que no es vida muda.

Pero no todo está perdido, según Ghazali sólo se trata de algunas especies, y además parece que sólo se comunican para aparearse, ahuyentar a depredadores y orientarse. Lo cual si no es la vida muda es un habla precisa, que ya es mucho. Pues los humanos, no sé cómo, hemos llegado al punto de no parar de hablar, ni lo que es peor de escribir, y no comunicar nada, o de comunicar algo tan complicado que se aleja mucho de lo que importa. Las palabras son quizá la tierra más común con la que tapamos cada momento. Los mil detalles, las conversaciones sobre los Cerros de Úbeda, la información innecesaria, trivial, banal, ocultan toda posible expresión de nuestros sentimientos; y así contamos que freímos a los chicos mientras las empanadillas se queman haciendo la mili en Móstoles, en vez de que a veces nos sentimos solos y que nos ha alegrado la llamada.

Además, de siempre, será por habladora y por lo que se oye, se me ha antojado que el que calla es el que más tiene que decir; y, sin suposiciones, parece que cabe más verdad en el callar que en el corriente falseado hablar. Así es que, por no asfixiar a la vida, como recomienda mi profesor de yoga Eduardo, hablemos en serio, hablemos en broma, pero procuremos no decir banalidades.

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