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    1 de noviembre de 2014

La felicidad contagiosa

Un estudio de las universidades de California y San Diego, que ha combinado epidemiología y sociología, prueba que “la felicidad es contagiosa (…) que las personas con amigos dichosos son más proclives a sentir la felicidad en sus propias carnes”. 5.124 individuos seleccionados fueron denominados “egos”, y otros tantos “alter”: padres, hijos, hermanos, parejas, vecinos, compañeros de trabajo, amigos, y también amigos de amigos. En total, más de 12.000 personas, conectadas de algún modo y que constituían entre ellos alrededor de 53.200 vínculos sociales, se sometieron periódicamente, entre los años 1971 y 2003, a estudios y análisis para conocer su estado de salud. Y entre las conclusiones que se publican, en la revista “British Medical Journal”, están que “el bienestar y la salud de un individuo afecta a la de quienes le rodean”; que “las personas felices suelen estar conectadas entre sí, al igual que las desdichadas”; que “tener amigos alegres incrementa un 9 % las probabilidades de ser feliz”; que “las personas del mismo sexo se contagian la felicidad con más facilidad” y que “en el contagio las distancias cuentan”, pues “a menos de 0’8 Km las probabilidades de dicha aumentan un 42 %”.

Así es que lo que ya sabíamos: el comer con el comer, y el hambre con las ganas de comer, más una consecuencia que puede liberarnos bastante: que al ocuparse uno de estar bien está haciendo también bien a los demás. De modo que, en vez de agobiar a los hijos con charlas y cuidados excesivos, se va uno a la playa tan ricamente en provecho de los hijos, y así con todos, y viceversa. Mejor servicio hacemos, pues, de velero que con peregrinos sacrificios que nadie nos ha pedido. ¡Feliz verano!

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