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    24 de noviembre de 2014

Detrás del Gobierno

Si en principio cierta responsabilidad y veracidad son tenidas por virtudes, lo cierto es que a la hora de la verdad política resultan estorbos. Más simpático es no andarse con reparos y, con talante rumboso, tirar la casa por la ventana.


Animoso lema es, sin duda, “después de mí el diluvio”. Quitado el engorro de las consecuencias, uno se queda como un Matrix capaz de sobrevolar velozmente cuanto entuerto haga. Gusto da sólo pensarlo. Pero, pese a las infinitas posibilidades que la generosa realidad ofrece, las consecuencias llegan, al menos a los que nos quedamos en tierra. Efectivamente queda la hermosa tierra de Australia recomendada por el director, más la de Nueva Zelanda, me atrevo a ampliar yo por creer que tampoco debe estar nada mal.


Y entre Nueva Zelanda y el diluvio nos queda el hogar. Y es que conviene recordar que el Gobierno es fiel reflejo de la sociedad, que la sociedad es el producto de la interacción de sus ciudadanos y que ciudadanos somos todos. Pretender arreglar la sociedad desde el Gobierno es poner el carro delante del buey, como repetía Ortega.


Si fuéramos cogiendo el gusto por el respeto hacia nosotros mismos y los que nos rodean, de modo que comprendiéramos que los otros son otros y no la prolongación de uno, y lejos de pretender controlarlos disfrutáramos de su libertad y diferencia, lo mismo formábamos una sociedad respetuosa que generara un Gobierno respetuoso. Mientras nos tratemos como niños, daremos con fuegos de artificio. Detrás del Gobierno está el hogar.
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