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    31 de octubre de 2014

Políticos perdidos

El profesor Dalmacio Negro me manda este chiste: Un señor que va en coche se pierde y pregunta: Disculpe, ¿Podría ayudarme? Llego media hora tarde a una cita y no sé donde estoy. Claro que sí, está usted en un coche, a unos 7 Km del centro, entre 40 y 42 grados de latitud norte y 58 y 60 de longitud oeste. ¿Es usted ingeniero, verdad? Sí, ¿cómo lo sabe? Porque todo lo que me ha dicho es técnicamente correcto, pero prácticamente inútil, sigo perdido y llegaré tarde. Usted es político, ¿verdad? En efecto, ¿cómo lo ha sabido? Porque no sabe dónde está ni a dónde va, ha hecho una promesa que no puede cumplir y espera que otro le resuelva el problema. De hecho, está usted en la misma situación que estaba antes de preguntarme, pero ahora, por alguna extraña razón, parece que la culpa es mía.

Este profesor, hombre de bien excepcional, está efectivamente lejos del político, pero una, mientras lo leía, se sentía identificada con el perdido político y lamentaba que el ingeniero no le indicara con decisión: ¡recto! Nos perdemos y queremos recetas, fórmulas rápidas que nos den la solución; y si no nos la dan, ciertamente, a veces hasta nos enfadamos y culpamos al otro.

Sin embargo, perderse no es algo que le pase al hombre de vez en cuando sino, como dice Ortega, el estado natural en que está. El hombre está perdido entre sucesos, creencias, posibilidades… y por eso le conviene periódicamente perderse del todo. Porque sólo así, náufrago hasta de sí mismo, se afana heroicamente en encontrarse de forma veraz, porque sólo en ésas trata de salvarse, de ser el que es. De ahí que diga que las ideas verdaderas sean de náufragos y lo demás sea mentira, retórica, íntima farsa. “El que no se siente de verdad perdido, se pierde inexorablemente; es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad”.

Pero encontrarse es cosa de uno.
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