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    25 de julio de 2014

Sin Dios, pero con Hawking

El físico y matemático Stephen Hawking está de promoción de su último libro “The grand design”, en el que llega a la conclusión de que “no fue necesaria la presencia de Dios para la creación del universo”. De acuerdo en que, de promoción, es muy socorrido tomarla con Dios, pero también es cierto que es recurso trillado, hasta por rockeros; como también la tentación de siempre de la más carrozona ciencia, que pretende explicar y solucionarlo todo.

Pero ni con tiempo ni una caña explicaba nada, o casi nada, de ese “grand design” que es el universo; y en esas, ya hace más de un siglo, las evidencias científicas dieron con las partículas elementales que cayeron sobre los científicos, como un chaparrón de humildad, confirmando que no sabemos nada. Con lo que ya estábamos acostumbrados a oírles hablar de probabilidades, aproximaciones y posibilidades, para colmo, infinitas; y se nos habían olvidado estas grandes afirmaciones de gran almacén, que diría Umbral, y que suelen traducirse en el timo en que acaba siendo todo lo que a sabor hacemos grande.

El caso es que Hawking, ya llevaba tiempo dándole vueltas a esto de Dios, pues en su libro de 1988 “Una breve historia del tiempo”, admitía que “el descubrimiento de una teoría completa sería el triunfo máximo de la razón humana, ya que entonces conoceríamos a la mente de Dios”. Pero se conoce que el tiempo se le echaba encima para descubrir esta teoría completa, y ha resuelto ahora que “la creación espontánea es la razón por la que hay algo en lugar de nada, por la que existe el universo, por la que nosotros existimos”. Ahí es nada, desde luego.

Y no es por pía, pero es que para acabar en la creación espontánea hay que echarle tanta fe que, sin echar los estudios de este hombre, ya teníamos a Dios.
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