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crítica

Mario Vargas Llosa: El sueño del celta

Mario Vargas Llosa: El sueño del celta. Alfaguara. Madrid, 2010. 464 páginas. 22 €
Al cabo de los años y a estas alturas de la obra de Mario Vargas Llosa, cualquier nueva novela suya tiene que ser acogida con interés. El Premio Nobel ha venido a reafirmar una personalidad literaria indiscutible, de enorme fuerza, que destaca por sí misma y sin necesidad de considerar —ni para bien ni para mal— la posible incidencia política de sus intervenciones públicas o de sus artículos de prensa.

Como sucedía en el siglo XIX, o en los años de los que Simone de Beauvoir tacharía de “mandarines”, los juicios y las propuestas que un escritor como Vargas Llosa hace sobre los modos de gobierno o de relación social no se escuchan tanto por su valor intrínseco, sino por venir de quien vienen, un escritor reconocido entre los mayores narradores de la época. Nada tiene que ver con los escritores, correctos pero de escasa presencia pública internacional, que han sido distinguidos con el Premio Nobel en los últimos años.

En las novelas de Mario Vargas Llosa hemos encontrado siempre la defensa de un concepto de sociedad con el que el acuerdo del lector es fácil. Se desprende de la historia y de la peripecia de los personajes la defensa de la libertad, el respeto al individuo, la estimación de la justicia por encima de leyes y usos abusivos, el reconocimiento del derecho de las minorías. Sus protagonistas son seres corrientes en quienes no se fijarían los libros de Historia, pero que exponen todo su entusiasmo y su capacidad de heroísmo para lograr lo que estiman justo, aunque puedan no reconocérselo sus conciudadanos.

A eso añadimos una escritura no sólo eficaz, sino creativa; capaz de interrogarse sobre su función y sus propios límites, que alcanza a superar –como sucedía, por citar un solo ejemplo, en la espléndida La casa verde– todos los tópicos melodramáticos al trascender lo que, de no existir esa capacidad escritora, sería aventura sentimental marcada por elementos trasegados en la literatura de los últimos dos siglos, y otorgarle capacidad simbólica. El crítico no puede dejar de recordar, maravillado, el arrastre lingüístico de las grandes novelas de Vargas Llosa, en las que todo resulta siempre nuevo y trascendente.

En sus últimas obras, el autor parece optar por lo que llamaríamos la crónica “a posteriori”, género pseudoperiodístico que suele decirse creado por Daniel Defoe en el Diario del año de la peste, en 1720. Las declaraciones de Vargas Llosa con motivo de la aparición de El sueño del celta (título menos brillante que aquellos a los que nos tiene acostumbrados) insisten en el carácter histórico del protagonista, Roger Casement, y subrayan lo modélico de su comportamiento socio-político. Al lector de novelas, posiblemente, le importe menos lo verdadero de la historia que el efecto de verdad que su narración produce, así como la posibilidad de gozar y sufrir, comprometerse y desdoblarse, al par de su lectura. Poco importa que la significación ideológica que se desprenda de las novelas coincida o no con el pensamiento expuesto por el autor en otra serie de escritos, como sus artículos de prensa y otras manifestaciones públicas; y el caso estudiado desde Marx de la novelística de Balzac viene inmediatamente al recuerdo. Y aquí es donde pudiera encontrarse la desazón que, a mi parecer, produce la lectura de El sueño del celta.

La propia significación de Mario Vargas Llosa como referente de un pensamiento burgués liberal moderno (es decir: avanzado en lo social, conservador en lo político y no intervencionista en lo económico) parece que pudiera pesar en la elección de sus temas novelescos últimos. No deja en absoluto de haber un compromiso social que llega, no sólo a manifestarse expresamente, sino a convertirse en el centro generador del libro. La denuncia no se desprende de la narración, no es consecuencia suya, sino que es su objeto y se refiere a situaciones coloniales y neo-coloniales que se anclan en un período histórico pero que repercuten en el mundo actual: las matanzas africanas, la injusticia de la sociedad latinoamericana, la cuestión irlandesa.

Si en otras obras de Mario Vargas Llosa la ideología se desprendía del decurso de la acción, empapaba al lector y no exigía palpablemente su asentimiento, convenciéndolo sin que lo percibiera, en este caso el narrador insiste en el acierto de las actitudes de su personaje, lo que si en la vida real resulta importante y digno de elogio, en el mundo de la literatura no tiene por qué ser necesario. Incluso cuando Roger Casement, en la búsqueda de la lucha por la independencia irlandesa, bordea la traición al ideal por el que han combatido los irlandeses en la Primera Guerra Mundial, aliándose con los alemanes, el novelista busca que lo comprendamos y aceptemos.

Tal vez Mario Vargas Llosa estuviera, en el momento de redactar la novela, aún demasiado cerca de una historia que parece haberle afectado personalmente. En ese caso, deberían haber compartido más noches la misma almohada novelista e historia para alumbrar una invención en que la verdad de su origen habríase diluido y enfriado. Porque la emoción tiene que llegar al lector desde el enunciado y no desde el mismo escritor. Incluso esa prisa por hacernos partícipes del descubrimiento pudiera haber apresurado una escritura, de normal cuidadosa y modélica, que ahora se resiente en su capacidad creativa de lenguaje y en la propiedad gramatical o sintáctica.

Dicho esto, no debe pensarse que la novela no importa, porque importa mucho. Más allá de la peripecia del personaje, su actuación implica, en función alegórica, la denuncia de la actuación colonial en lugares distantes y de diferente cultura de una sociedad bienpensante sólo preocupada por una moral diaria pública y próxima. De ahí que la vida dedicada por Casement a la denuncia de situaciones graves de injusticia que afectaban a multitudes se pudiera ver ahogada por sus vicios privados, por graves que éstos fueran, como la pedofilia, y ante los que el novelista aparece incómodo. En un momento en el que la literatura de pensamiento débil parece ser mayoritaria, aunque se adviertan aires de cambio, el compromiso que muestra una novela de Mario Vargas Llosa es digno de aplauso. Se trata, como tantas veces en la literatura de los últimos doscientos años, de plantearse la ética de la estética.

Por Jorge Urrutia
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