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    3 de septiembre de 2014

Paso de migrantes por México

Estoy cierto de que hay muchas maneras de ver el tema del paso de migrantes por México, causando todas ellas resquemores y cuestionamientos.

México es país de paso y eso hay que valorarlo cuando se estudia o se refieren los problemas de la seguridad de quienes provenientes de Centroamérica migran atravesándolo, con rumbo a Estados Unidos. Son migrantes que cruzan por México buscando trabajos mejor remunerados mas careciendo las más de las veces de la autorización correspondiente que acredite su legal estancia y tránsito rumbo a su meta final. Esa meta final es Estados Unidos, pues consideran que allí se amarran los perros con longaniza y los espera una supuesta vida promisoria, aun siendo personas sin autorización para internarse ni trabajar allí. Esa parte tampoco la tienen resuelta al lanzarse a la aventura y desconocemos cómo piensan resolverla una vez que vivan en Estados Unidos. Muchos mexicanos también se van por esa línea y han mostrado el camino.

La premisa planteada líneas arriba no tiene una solución fácil y adelanta muchos problemas y sinsabores. Muchos migrantes trabajarán en México en malas condiciones para ahorrar y seguir su camino a Estados Unidos. Otros ya vienen enganchados en mafias de trata de personas. Hay estudios acerca de la notable movilidad laboral registrada por ellos en tierras de cultivo o maquilas.

Poco se hace en contra de esas creencias de vida promisoria y facilidad de internación a la unión americana que no deja de ser ilegal cuando se carece de permisos, sin reparar en las leyes mexicanas. Nadie quiere desmentir los mitos en torno a ese intento de mejora, sean creencias fundadas o no, reales o no; y contra eso tampoco puede hacerse mucho y muy poco se hace, tanto para advertir de la relatividad que encierra esa supuesta promesa de mejora de vida, como en coadyuvar en algo para crear los empleos que impidan marcharse a EE.UU.. Esas creencias no facilitan plantear políticas que impidan, restrinjan, ordenen o al menos administren de alguna manera posible esa salida ilegal del país de origen con rumbo a EE.UU., evitando además el innecesario paso por México. Sería innecesario cruzarlo si se contara con las visas de trabajo que prodigara Estados Unidos a los países de hemisferio.

Al carecer de política alguna que retenga a los migrantes, los países expulsores no informan fehacientemente de los múltiples riesgos de migrar. Ya sabemos que la mayoría se irá cruzando ríos y selvas. Y en todo ello, como puede observarse, Estados Unidos es parte del problema y sin duda, también es parte de la solución.

Las mafias del narcotráfico y/o de explotación de contingentes de migrantes hacen su agosto desde los propios países expulsores, secuestrándolos o enrolándolos para sus fines y también los conducen por México hasta más allá de traspasar las fronteras de Estados Unidos.

Es innegable que se trata de personas, empero exigirle a México que sólo cuide el tránsito de migrantes a través de su territorio, así sean no registrados legalmente hasta ahora, no pone amañadamente el acento en que transitan sin permiso legal. La exigencia pues, se queda a medias. No se puede exigir a un país que avale una práctica ilegal que otro tolera. No haría falta cuidar a nadie si nadie traspasara las fronteras mexicanas y otras más; eso es lo que nadie quiere mencionar en voz alta: que se ponga freno a ese paso ilegal que se interna en México y sale de él. Porque no lo neguemos, decir “cuídalos” implica decir “déjalos llegar a la frontera con Estados Unidos” o déjalos quedarse en México sin autorización legal migratoria. Y nadie parece enfrentar decididamente a las mafias de trata de migrantes ni desea ordenar su migración, una válvula de escape a la presión social.

Lo contrario sería efectuar la procedente “deportación masiva desde México”, como consecuencia de una severa aplicación de leyes migratorias, lo que tampoco piden ni buscan ni promueven los países centroamericanos. ¿Entonces?

Aquellos ciudadanos centroamericanos y de más lejos que entren a México y sean vejados por autoridades mexicanas, merecen ser atendidos y aquellas castigadas. Y lo mismo tratándose de las autoridades estadounidense frente a los mexicanos y demás. Que cada quien tome su parte y asuma su responsabilidad. No vale el argumento falaz de decir que en México nos quejamos de unos y actuamos mal con los otros, con lo cual no tenemos altura moral para pedir nada. Sí la tenemos y digámoslos para que lo oiga quien deba oírlo: que se cumplan las leyes y lo hagan propios y extraños. Todos. Claro que la tenemos. Que cada quien respete las leyes migratorias del otro y aplique las propias. Que se ordene esa migración entrando por los causes legales reconocidos. Y cada quien en su casa y Dios en la de todos. Lo otro sería aplaudir todo lo que viene sucediendo y no estoy de acuerdo. Hace falta buscar soluciones integrales para el desarrollo hemisférico. Hemisférico, repito. Eso conmina a todos los gobiernos de los países involucrados.

Que todos asuman lo que les toca. Sin contemplaciones para nadie. La migración indocumentada siempre ha causado más problemas que beneficios para sus propios protagonistas. Vengan de dónde vengan y vayan a dónde vayan. Y todo ésto nadie quiere asumirlo, porque mientras ninguneamos nuestro derecho a reclamar orden en el tránsito de personas, se propicia que tanta precariedad sea caldo de cultivo para que mafias de todos calibres y autoridades centroamericanas, mexicanas y estadounidenses coludidas (pues claro que la corrupción también habla inglés y mira para arriba y para abajo del continente) vayan alegremente impunes y sirve para que los narcotraficantes en específico, aprovechen la vulnerabilidad de estos sujetos que se desplazan.

Nadie quiere decirlo en voz alta por no ser políticamente incorrecto. Sin embargo, el gobierno de México lo ha dicho en todos los tonos posibles y en todos los foros existentes: que el país no es seguro para el tránsito de esos grupos vulnerables. O sea, que se dejen de pensar que es la vía idónea para alcanzar el sueño americano. Y de nuevo, que cada quien tome su parte y asuma la responsabilidad que le toca. Nada más, pero nada menos.

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