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    24 de octubre de 2014

Protagonistas del arte. Retratos en la Academia

Acaba de inaugurarse una exposición sumamente interesante en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

No es de las que suscitan mucha atención por parte de los medios. Quien acuda a verla, podrá, así, disfrutar de las obras sin molestias ni atropellos y leer, si lo desea, la información biográfica que las ilustra.

Todos los departamentos de la institución están representados, de forma que, los protagonistas aludidos en el nombre de la convocatoria –artistas, arquitectos, políticos, militares, mandatarios o benefactores- aparecen retratados en láminas grabadas, dibujos, sanguinas, escultura de materiales diversos, vaciado y lienzo.

No falta la contribución de la biblioteca con algunos libros de gran valía relacionados con personajes o materias del entorno artístico.
En tiempos de penuria económica y tendencia al relumbrón, o al halago a las mayorías, resulta encomiable el esfuerzo de la casa por mantener la tradición de organizar muestras sacando a la luz ciertas obras de su patrimonio no expuestas de forma habitual y narrando, a la vez, la historia centenaria de la corporación y sus gentes.

Colin Tweedy, director de la empresa británica Arts and Business, comentaba recientemente en una universidad madrileña que las exposiciones masivas, como la de Paul Gauguin en la National Gallery, no se volverán a montar en un futuro próximo por los problemas de seguridad que se ocasionan. Esperemos que el augurio se cumpla, y la prensa, por su parte, no se ocupe de medir los visitantes de los museos, como hace con las audiencias televisivas, ni dedique titulares reprobatorios a aquellos que registren un descenso con relación al año precedente.

Por fortuna, los responsables de la Academia de San Fernando permanecen al margen de tales disputas y, a tenor de los hechos, se rigen por criterios de naturaleza muy distinta.

Hace poco, en estas mismas salas, tuvimos el placer de contemplar algunos trabajos de restauración diestramente ejecutados y enterarnos, al tiempo, de los minuciosos procedimientos empleados para tal menester.

En esta ocasión, las ochenta y cinco piezas desplegadas nos permiten apreciar un retazo significativo de la historia del retrato a lo largo de cinco siglos, desde una xilografía de Durero al autorretrato en cifra de Antoni Tàpies o las fotos psicológicas del alumno díscolo Dalí, el poeta Rafael Alberti o Chillida por Alberto Schommer.

Excelente es el cuadro precubista de los hermanos Baroja, Ricardo y Pío, debido a Daniel Vázquez Díaz. Un académico actual, Álvaro Delgado, firma una apreciable representación de Federico Sopeña en clave expresionista.

Algunos ejemplares son excepcionales. Les aseguro que no es fácil olvidarse del dibujo del cardenal Borja salido de las manos de Diego Velázquez, al parecer, en los últimos años de vida del entonces arzobispo de Toledo (1643-5).

A lápiz negro sobre papel verjurado, tan lábil material acusa el paso del tiempo. No obstante, se aprecia perfectamente la mirada percutiente y ladina del preboste, con predominio del perfil izquierdo, al contrario que el también velazqueño lienzo del papa Inocencio X -realizado unos años más tarde- al cual tanto recuerda, aunque este último nos contemple girado hacia la derecha.

El pintor sevillano, nos informa su amigo Carreño de Miranda, no quiso cobrar por su trabajo y el noble don Gaspar de Borja y Velasco le compensó regalándole algunas alhajas de plata y un peinador muy rico.

Los dineros no eran, bien es cierto, lo más ansiado por el artista, máxime si los implicados eran jerarquías eclesiásticas. Por entonces no había recibido aún la tan anhelada orden de Santiago, ni tan siquiera cuando pintó el soberbio retrato papal mencionado.
Tal vez por ello tampoco aceptó ningún pago e incluso devolvió una cadena de oro enviada por el pontífice, nos cuenta Ortega en sus Papeles sobre Velázquez.

No podía estar ausente, en este lugar, Francisco de Goya. De su ubicación habitual en el museo se ha traído el retrato casi romántico de su amigo Leandro Fernández de Moratín, compañero de exilio en Burdeos.

Hay, asimismo, una estampa, la primera, de la serie de escenas llamadas inicialmente de asuntos caprichosos y conocidas, luego, con el nombre de Caprichos. Se trata de uno de los numerosos autorretratos conservados. De perfil, con aire joven, va el aragonés elegantemente ataviado y porta un sombrero de copa negro.

Una nota adjunta nos explica la innovación que supuso esta colección para la historia del grabado y la consideración de pintor, ante todo, de que se preciaba Goya, poco hábil con el buril, motivo por el cual prefería las técnicas de aguafuerte y aguatinta, más pictóricas que el procedimiento de la talla dulce.
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