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    30 de agosto de 2014

Al empezar la Primavera

El amor es ciego, vuelven a informar neurólogos y periódicos. Una subida de varias sustancias que nos componen provoca una concentración de la atención que resalta hasta deslumbrar una serie de cualidades ocultando los naturales defectos y circunstancias que las acompañan. A esta pérdida de perspectiva la llama nuestra cultura enamoramiento y de paso, y lo que es peor, la confunde con amor.

Cine, literatura y hasta el último éxito de la radio refuerzan la creencia en ese amor o rapto hipnótico, como mejor lo llama Barthes. Y es que aligerar por un tiempo el peso de la vida, qué duda cabe, es tentador. De ahí el éxito de las drogas y evasiones de todo tipo, entre otras, de este amor.

Esta ceguera que tan afable se nos pinta, acusa como vio el citado Barthes un vacío o enfermedad del ser, pues de estar medianamente satisfechos con nosotros mismos no necesitaríamos idealizar a nadie ni que nadie nos idealizara, esto es, no nos enamoraríamos. No se trata de aguarnos la fiesta nada más empezar la primavera, sino de probar otras fiestas que den más bienestar que resaca aun llegada la Navidad.

Si se piensa un poco, idealizar es faltar al respeto, a la verdad que es cada cual; y su contrapartida, fingir para no decepcionar tanta expectativa, es trabajo enorme que no acaba de resultar. Pues los efectos de las exoticinas pasan, y pasa la ilusión a la desilusión. Al final es más feliz quien más se acepta, simplemente porque vive más tranquilo. La vida en pareja puede ser una mina para ayudarse a ser tranquilamente quien se es precisamente por ser oportunidad clara para irse mostrando, pues al contrario de lo que dice el tópico, a más ver más amor.
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